Mi amistad más larga llegará a los 27 años. Santiago Cabana me conoce desde primero de primaria y, aunque podría recordarlo por cien mil episodios juntos, hay una frase que me dijo hace años que quedó escrita en mi memoria: “La vida es tomar decisiones y vivir con ellas”. Vivir es eso: Tomar decisiones y asumir la responsabilidad que traen consigo.
No se trata de un proceso automático. Decidir con responsabilidad, en este mundo convulso e hiperestimulado, exige algo cada vez más escaso: detenerse, entender y tomar consciencia real de lo que se está haciendo.
Quizás, decidir aparenta ser uno de los actos más perturbadores de la vida adulta. No por su dificultad técnica, sino por lo que exige: renunciar a la fantasía de control, aceptar la finitud y hacerse responsable de las consecuencias.
La cultura contemporánea, obsesionada con la optimización y el cálculo, ha convertido la decisión en una operación casi matemática. Esa idea, lejos de producir sujetos lúcidos, ha fabricado individuos paralizados. El miedo a decidir no nace del riesgo en sí, sino del mandato artificial de no equivocarse.
El error dejó de ser una etapa del pensamiento para convertirse en un estigma. El resultado es un sujeto que piensa indefinidamente -hasta atormentarse- y actúa cada vez menos. Pensar, en exceso, se vuelve evasión; no reflexión, sino simulación permanente.
La decisión madura no es la que garantiza éxito, sino la que asume la incertidumbre como parte constitutiva del acto. Allí aparece una forma de carácter que no depende del resultado, sino de la disposición a responder por lo elegido.
Aristóteles enseñó que el carácter no se forma por ideas abstractas, sino por hábitos sostenidos. Pues, el carácter no es temperamento ni personalidad: es práctica deliberada y esa práctica incluye equivocarse sin destruirse.
El verdadero problema no es el error, sino la incapacidad de revisar. Hay quienes se jactan de ser tercos como si eso fuera una virtud. La cultura celebra la constancia, pero rara vez distingue entre fidelidad y terquedad. Cambiar de rumbo, cuando la realidad lo exige, no es traición: es lucidez.
Montaigne construyó su obra sobre una idea escandalosa: escribir sobre sí mismo sin poses heroicas. Lo que enseña no es a justificar los errores, sino a observarlos, pues demostró que el carácter no es rigidez: es capacidad de revisión sin autodestrucción.
Decidir con carácter no es eliminar la emoción, sino no permitir que ella gobierne el timón.
Epicteto lo decía con claridad: no somos dueños de lo que nos ocurre, pero sí de cómo lo interpretamos. Así, el carácter no se mide por lo que soportamos, sino por cómo nos paramos frente a ello.
Por todo esto, el problema contemporáneo no es la adversidad, sino la catástrofe anticipada. El pensamiento catastrofista no es prudencia, sino, peor, un intento desesperado de controlar lo incontrolable. El carácter quedó confundido con la invulnerabilidad.
Pero, volvemos: eso no es carácter. Eso es armadura y las armaduras no permiten movimiento ni flexibilidad.
El carácter no es ausencia de vulnerabilidad; es buen gobierno de ella. La verdadera fortaleza no está en no fallar. Está en fallar sin mentirse, sin castigarse hasta la parálisis, sin confundir el error con la identidad.
Tener carácter no significa no fallar; es no mentirse sobre las razones por las que se falla y no castigarse eternamente por haber sido humano.

****
Esta columna también puede escucharse en formato podcast. Disponible en podcast.luisfmolina.com