De las cosas que más me gustan de los gringos es que oran y agradecen antes de comer. Aquí casi nunca lo hacemos. Nos sentamos y comemos como si fuera obvio; como si la comida siempre estuviera ahí.
Hace 17 meses publiqué una columna titulada “A nadie dar por sentado”. Hoy, con un poco más de vida encima —y también de golpes—, creo que me quedé corto. No es solo a nadie. Es nada. Nada deberíamos dar por sentado.
Ni el techo que nos cubre, ni la comida que llega, ni el cuerpo que hoy responde. Se trata de valorar, más que de analizar costos. De disfrutar, más que de dudar si lo que tenemos cumple con las expectativas que nos brotan en las comparaciones odiosas.
Epicuro sostenía que el placer más profundo no es el que se persigue con ansia, sino el que se aquieta: ausencia de dolor en el cuerpo, ausencia de angustia en el alma. Lo llamó aponia y ataraxia. Paz. Nada más y nada menos. La pregunta que no hemos querido hacernos es brutal: si el placer verdadero es tan simple, ¿por qué somos incapaces de reconocerlo cuando lo tenemos?
Hemos aprendido a contar calorías, pero no a agradecerlas. Nos volvimos expertos en comparar precios, pero no en dimensionar el privilegio. Elegimos entre opciones sin detenernos a pensar que, para millones, no hay opción alguna.
Peter Singer tiene un argumento que parece sencillo y no lo es: si usted viera a un niño ahogándose en un charco, lo salvaría sin pensarlo, pero hay miles de niños muriendo de hambre ahora mismo y la mayoría no hace nada.
La distancia geográfica, dice Singer, no es una excusa ética. Tenemos exactamente lo que hace falta para que ningún niño se vaya a dormir sin comer. Lo que falta es que eso nos importe lo suficiente como para actuar.
En Colombia, miles de niños no saben con certeza si van a comer mañana. No porque no quieran, sino porque nacieron en contextos donde la comida no es un hábito: es una incertidumbre.
Ahí es donde iniciativas como la Fundación Nutrir, que recién cumplió 40 años en Manizales, dejan de ser “una buena causa” para convertirse en algo más profundo.
Lo que comenzó en los años ochenta con meriendas de chocolate con pan es hoy una estructura que atiende cerca de dos mil niños en cuatro municipios de Caldas y en Quibdó, y acompaña madres gestantes en los primeros mil días de vida —la ventana más crítica para el desarrollo de un ser humano—.
Nutrir no solo entrega alimentos: toma medidas, verifica vacunas, hace acompañamiento psicosocial y dignifica vidas. Como dice su directora, Janeth Zuluaga: “hay organizaciones que se sostienen porque alguien las financia y hay otras que se sostienen porque alguien las ama. Nutrir es de las segundas”.
¿Quién no recuerda a su madre en la cocina? El olor a algo caliente llegando desde lejos, antes de saber siquiera qué era. El plato servido con una lógica que no era eficiencia sino amor: primero los hijos, después ella. Eso también es aponia. Eso es Nutrir y eso también es paz. No la que se busca, sino la que alguien más construyó en silencio para que uno pudiera recibirla sin saberlo.
Si usted tuvo eso —esa cocina, ese olor, esa mano que sirvió antes de sentarse— ya sabe lo que es el privilegio. La pregunta es si lo recuerda. La pregunta es si lo agradece. La pregunta es si lo devuelve.
Al final, nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y hay quienes nunca lo sabrán porque nunca lo tuvieron.
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Escuche el episodio del podcast de esta columna con Janeth Zuluaga, directora de Nutrir,
en podcast.luisfmolina.com