Por siete años de mi vida hice radio. Cinco roles profesionales en uno: presentador, locutor, redactor, coordinador y máster técnico. Desarrollé muchas habilidades, entre ellas una muy particular: leer una cosa mientras escribía otra. No sé si eso debería ir en la hoja de vida o en la historia clínica.
A muchas personas les decía que era un hombre multitasking; esa habilidad tan apetecida, tan útil para parecer eficiente en un mundo que confunde la velocidad con la inteligencia y la disponibilidad con el compromiso.
Con el paso de los años llegué a pensar que esa fue una de las prácticas más destructoras que incorporé a mi salud mental: entrenó a mi cabeza para vivir partida en varias direcciones. Por ser multitarea terminé quemado. Sufrí un síndrome de burnout que me incapacitó 50 días. Fue un antes y un después. Desde entonces busco desmontar esa idea de hiperproductividad que confundí con talento y compromiso.
Apenas en el 2026, gracias al acompañamiento psicoterapéutico de María Leonor Velásquez, voy lográndolo de manera más consciente. Lo que más me inquieta es la facilidad con la que una cultura entera celebra aquello que enferma.
William James lo advirtió hace más de un siglo: la capacidad de traer de vuelta voluntariamente una atención que divaga es la raíz misma del juicio, el carácter y la voluntad. No lo dijo como consejo de productividad, sino como diagnóstico de lo que nos hace humanos. La multitarea, en ese sentido, no es solo un hábito ineficiente; es una erosión del carácter.
La investigadora Gloria Mark lleva dos décadas midiendo lo que ocurre en el cuerpo cuando saltamos de tarea en tarea. Sus estudios muestran que la presión arterial sube, el cortisol se dispara y el estrés se instala como estado permanente.
Lo que el cuerpo registra no es eficiencia: es alerta sostenida y esa alarma, a la larga, se paga con burnout, ansiedad crónica o esa sensación difusa de estar agotado sin haber hecho nada que valga la pena.
Así, ¿qué clase de vida estamos construyendo? Tal vez una muy ‘sofisticada’: mantenemos cinco conversaciones simultáneas con personas en otra ciudad mientras ignoramos a quien tenemos sentado al frente.
Hemos perfeccionado el vicio de estar presentes con los ausentes y ausentes con los presentes. La mesa familiar con cuatro pantallas encendidas no es una escena de conexión; es una escena de abandono colectivo que hemos aprendido a llamar normalidad.
Esta no es una discusión sobre gestión del tiempo. Tiene que ver con cómo hemos organizado el valor de una persona alrededor de su capacidad de respuesta. La cultura de la multitarea fabrica una moral en la que descansar o no contestar de inmediato parecen pequeñas formas de traición.
Hay que rebelarse. No con un manifiesto ni con una aplicación de bienestar digital. Con algo más simple y radical: apagar. Nosotros no somos electrodomésticos. No fuimos hechos para vivir conectados con señal permanente.
La gran mentira de nuestra época no es que la tecnología nos conecta; es que nos convenció de que necesitábamos esa clase de conexión para estar completos.
De pronto, madurar también sea eso: aceptar que la vida no se mide por las tareas que tachamos, sino por la calidad de presencia con la que habitamos lo que hacemos. Que lo más revolucionario, a veces, no es hacer más. Es volver, con toda la atención posible, a una sola cosa llamada vivir.
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