Ser sencillo es muy complejo. Puede parecer una paradoja, pero basta mirarnos: nos hemos vuelto expertos en complicar todo lo que tocamos, incluyendo la manera de vivir. Abres el clóset lleno y piensas que no tienes nada que ponerte. Revisas la nevera, también llena, y no sabes qué comer. Estás ocupado todo el día, pero no sabes en qué se fue el tiempo. No es que falten cosas, ni que falte tiempo: es que sobra complejidad, y ya ni lo notamos porque se volvió paisaje.
La sencillez es escasa, pese a abundar desde un principio. Hoy queremos poseer tantas cosas que ser sencillo se ha vuelto una rareza. La ilusión de la sofisticación nos ha quitado la capacidad de funcionar con lo básico. Ya no sabemos distinguir con facilidad lo que necesitamos de lo que simplemente deseamos.
En ese enredo silencioso empezamos a confundir la acumulación con el sentido. Acumulamos objetos, pero también acumulamos versiones de nosotros mismos. Nos volvemos expertos en sostener estructuras que no necesariamente nos sostienen a nosotros. Hay una trampa particularmente engañosa: creer que entre más compleja sea nuestra vida, más valiosa se vuelve. Pero la profundidad real -la que transforma- rara vez necesita tanto ruido. Suele aparecer en una decisión clara, en una conversación honesta, en la capacidad de decir “esto sí” y “esto no” sin justificarlo todo. La sencillez nos cuesta porque nos deja sin excusas. Cuando simplificamos, también nos enfrentamos a lo esencial. Eso esencial es más limpio, pero también más exigente. La sencillez nos pide algo incómodo: responsabilidad. Hacernos cargo de lo que elegimos, de lo que sostenemos, de lo que dejamos entrar a nuestra vida.
Ser sencillo también implica renunciar a tener siempre la razón, a opinar de todo, a sostener vínculos que ya no tienen verdad. Renunciar a esa ilusión de control absoluto que tanto alimenta el ego. Quizás por eso la sencillez es tan escasa: exige una madurez que no siempre estamos dispuestos a asumir. Sin embargo, cuando alguien logra esa claridad, ocurre algo casi sorprendente: la vida se vuelve más habitable. Las decisiones pesan menos, las relaciones respiran mejor, y el tiempo deja de sentirse como una persecución constante.
Muchas relaciones no se rompen por falta de afecto, sino por exceso de capas: expectativas no dichas, roles no acordados, narrativas que ambos sostienen, pero ninguno eligió. La sencillez en los vínculos -decir lo que se siente, pedir lo que se necesita, soltar lo que ya no tiene verdad- es quizás la forma más generosa de querer a alguien.
La sencillez bien entendida no es pasividad. Es una vocación de libertad que no depende de circunstancias externas. Es vivir desde adentro hacia afuera. Eso requiere una confianza poco común: la de creer que, sin tanto ruido y sin tanto adorno, uno sigue siendo suficiente.
No es un estado que se alcanza de una vez. Es una práctica, una elección que se renueva cada día frente a la tentación de volver a complicarlo todo y en esa práctica hay algo que se parece mucho a la madurez: no la que impresiona, sino la que tranquiliza.
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