15 Jun, 2026

No hay amor sin admiración

Admirar tampoco es idealizar. Quien idealiza deja de mirar, porque ya decidió lo que quiere ver. Quien admira, en cambio, sigue observando y ve también los límites. 

El banco era negro, giratorio e incómodo. Una manguera de oxígeno a mis espaldas me impedía recostarme, así que permanecí erguido cinco horas y ocho minutos, en silencio, mientras a tres metros alguien reposicionaba un maxilar y fijaba hueso con titanio.
Podría decirse que estaba ahí por amor, y es cierto, pero esa respuesta nombra el efecto sin tocar la causa. Estaba ahí, sobre todo, por admiración.
En esa espera aprendí algo: quien espera no controla nada, solo puede permanecer.
Quizás por eso la admiración se parece tan poco a la posesión. No busca intervenir ni dirigir, no necesita protagonismo. Se conforma con algo más humilde y más difícil: prestar atención.
Ver a alguien hacer aquello para lo que se preparó durante años, y aceptar que, por un momento, la escena le pertenece enteramente a otro.
Platón ya lo había intuido. En el Banquete, pone en boca de Diotima una idea que sigue siendo incómoda: el amor no comienza en la posesión, sino en el asombro. Se ama porque se reconoce algo valioso que no se tiene. Por eso el amor, bien entendido, no es ciego: ve, y lo que ve lo mueve.
Siglos después, otro filósofo, Ortega y Gasset, dijo algo parecido con palabras más sencillas: amamos desde lo que somos, desde lo que valoramos. No es azar ni costumbre, aunque a veces la costumbre se disfrace de amor. Si eso es cierto, admirar a alguien no es un efecto secundario del amor: es una de sus raíces. Ese asombro tiene un enemigo silencioso, que no es el desamor sino la costumbre.
Convivir mucho tiempo con alguien crea la ilusión de conocerle por completo, de que ya no queda nada por descubrir.
Ahí la admiración hace su trabajo más importante: mantiene abierta la posibilidad de seguir viendo. De seguir sorprendiéndose. De resistirse a convertir al otro en rutina.
Admirar tampoco es idealizar. Quien idealiza deja de mirar, porque ya decidió lo que quiere ver. Quien admira, en cambio, sigue observando: ve también los límites, la fatiga, los bordes donde el otro es falible.
Un cirujano en un quirófano puede equivocarse. Admirarlo no es negar eso, es ver la excelencia dentro de la fragilidad humana, que es el único lugar donde la excelencia existe.
Aquella mañana de jueves, desde mi banco, vi pasar instrumentos, escuché el roce metálico de una bandeja, una puerta que se abría y se cerraba.
Nada parecía ocurrir y, sin embargo, todo estaba ocurriendo y entendí que llevaba ahí cinco horas no por costumbre ni por obligación, sino porque quería verlo para aprender desde la admiración pura.
Por eso no creo en el amor que no admira; si es que existe. Sin admiración, lo que queda se parece más a la costumbre que al amor, más a la compañía que a la elección.
El amor, cuando es real, tiene algo de elección permanente: no la del principio, cuando todo era novedad, sino la que se renueva en silencio. A veces, en un banco negro, con una manguera de oxígeno a las espaldas.
Cinco horas y ocho minutos. No dije nada. No hacía falta. El banco era incómodo, pero yo no me moví: quería ver a Santiago operar lo que le gusta.