Una de las mayores sorpresas del momento político colombiano no está en los discursos del presidente, Gustavo Petro, sino en las encuestas. Mientras algunos estudios, como Invamer, ubican la aprobación de su gestión alrededor del 37%, otros, como los del Centro Nacional de Consultoría, la sitúan cerca del 48,8%. Las diferencias metodológicas, el momento de recolección de datos y el tipo de muestra ayudan a explicar la brecha. Pero, aun así, la cifra plantea una pregunta inquietante: ¿cómo se sostiene una percepción tan favorable frente a un Gobierno que exhibe tantas dificultades y fracasos?
Porque, si algo caracteriza el balance de estos años, es la acumulación de problemas visibles. El caso del sistema de salud resulta paradigmático. Recientemente, el British Medical Journal (BMJ), una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo, publicó un artículo contundente titulado Cómo la política destruyó el modelo del sistema de salud de Colombia. Allí se describe el deterioro acelerado de un sistema que, con fallas conocidas, había alcanzado amplias coberturas y resultados relevantes en la región, pero que hoy enfrenta escasez de medicamentos, cancelación o aplazamiento de cirugías, aumento del gasto de bolsillo de los usuarios y una creciente incertidumbre institucional. Según el análisis, decisiones políticas mal concebidas terminaron profundizando los problemas existentes en lugar de resolverlos.
Y no se trata solo del sector salud. Las dificultades en materia de seguridad, la baja ejecución presupuestal, las tensiones con las cortes, la política exterior errática y la progresiva erosión institucional dibujan un panorama lleno de alertas. ¿Por qué, entonces, una parte tan significativa de la ciudadanía sigue valorando positivamente al Gobierno?
Una primera explicación está en el estilo populista de muchas decisiones. Medidas simbólicas, anuncios grandilocuentes y una narrativa épica producen la sensación de un gobierno activo y transformador, incluso cuando los resultados concretos son pobres o contradictorios.
Decisiones como la del aumento del salario mínimo que exageró su crecimiento real y que seguramente va a golpear la generación de empleo formal. A esto se suma una estrategia permanente de confrontación: con los gremios, con los medios, con la oposición y, más recientemente, con el presidente de los Estados Unidos. Ese choque externo alimenta un nacionalismo emocional que refuerza la cohesión de una base política leal.
Otro elemento central es la retórica de la lucha de clases. Petro ha sabido reactivar heridas profundas de exclusión y desigualdad, de millones de colombianos que nunca se sintieron representados por las élites tradicionales.
La paradoja, entonces, no es solo política, sino también cultural. La percepción de gobierno no se construye únicamente a partir de resultados verificables, sino de emociones, identidades y relatos que simplifican la realidad. El riesgo es evidente: cuando el discurso sustituye al análisis y la adhesión reemplaza al juicio crítico, los costos -en servicios, institucionalidad y confianza social- recaen sobre los ciudadanos.
El único antídoto es una ciudadanía formada y crítica, que escasea mucho.