En un reciente mensaje dirigido a la vida pública española, el papa León XIV formuló una advertencia que trasciende las fronteras de ese país y parece escrita para muchas democracias contemporáneas, incluida la colombiana. El pontífice alertó sobre los efectos corrosivos de la polarización, la degradación del diálogo y la tentación de reemplazar la búsqueda de la verdad por relatos simplificados que exacerban las emociones y profundizan las divisiones.
Sus palabras llegan en un momento particularmente complejo para Colombia. El debate público se ha ido convirtiendo en un escenario donde predominan la sospecha, la descalificación y el enfrentamiento. Con frecuencia, los argumentos importan menos que las lealtades ideológicas. Los hechos terminan subordinados a narrativas previamente construidas y el contradictor deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en un enemigo al que hay que derrotar.
Es precisamente allí donde aparece el riesgo del populismo. Su eficacia política suele descansar en ofrecer respuestas simples a problemas complejos. Construye relatos emocionales, identifica culpables visibles y promete soluciones inmediatas. Pero esa aparente claridad suele tener un costo elevado: la simplificación de la realidad, la erosión de los matices y la manipulación de los hechos para ajustarlos a un discurso previamente diseñado.
La advertencia del papa no es únicamente política, es también moral. Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de distinguir entre la verdad y la propaganda, entre la crítica legítima y la estigmatización, entre el liderazgo responsable y la explotación de los resentimientos colectivos. Cuando la mentira, la exageración o la deformación de la realidad se convierten en instrumentos normales de acción política, las instituciones comienzan a perder credibilidad y la convivencia se vuelve cada vez más frágil.
Las bodegas pagadas por las campañas, que juegan con las noticias falsas y las simplificaciones de caricatura, se han convertido en las cañerías de la democracia. Por ellas circulan la desinformación, el odio y la sospecha permanente. Los ciudadanos deben cerrar estas cloacas si quieren preservar una conversación pública respetuosa.
La reflexión interpela de manera especial a los católicos colombianos. La fe no ofrece programas de gobierno ni soluciones técnicas para los problemas públicos. Sin embargo, sí plantea exigencias éticas claras: respeto por la dignidad de las personas, compromiso con la verdad, disposición al encuentro y rechazo a toda forma de manipulación.
Colombia conoce las consecuencias de convertir las diferencias políticas en antagonismos irreconciliables. Nuestra historia demuestra que la violencia física suele comenzar mucho antes en el lenguaje, en la estigmatización y en la mentira. Los atentados, las amenazas y el deterioro de la convivencia nacional deberían recordarnos que las palabras nunca son inocentes. Por eso las palabras de León XIV merecen atención. La política puede alimentarse de ideas, debates y desacuerdos profundos. Lo que no puede hacer es vivir de la ira. Cuando la ira ocupa el lugar de la razón y la verdad, la democracia empieza a perder el alma que la sostiene y la posibilidad misma del futuro.
14 Jun, 2026
El papa León y la política de la ira
Las bodegas pagadas por las campañas, que juegan con las noticias falsas y las simplificaciones de caricatura, se han convertido en las cañerías de la democracia.