07 Jun, 2026

Al oído de los indecisos: El voto incómodo

La pregunta ya no es quién encarna todas nuestras aspiraciones, sino quién ofrece mayores garantías para proteger las instituciones democráticas, preservar las liber

La vida no siempre nos permite elegir entre el bien y el mal. Con frecuencia nos enfrenta a decisiones más complejas: escoger entre alternativas imperfectas, todas acompañadas de costos, riesgos o limitaciones. En esos momentos aparece un criterio de discernimiento que ha acompañado durante siglos la reflexión ética y política: el llamado mal menor.
La expresión suele generar incomodidad porque parece una concesión al mal. Sin embargo, su significado es distinto. No se trata de justificar lo incorrecto ni de abandonar los principios. Lo que plantea es que, cuando las circunstancias impiden alcanzar plenamente el bien deseado, la responsabilidad moral consiste en optar por aquella alternativa que preserve un mayor bien o evite un daño más grave. Es una decisión prudencial tomada en escenarios en los que todas las opciones disponibles presentan dificultades.
Un ejemplo ayuda a comprenderlo. Un médico puede verse obligado a amputar una pierna para salvar la vida de un paciente. La amputación es un mal; nadie la desea. Sin embargo, resulta moralmente aceptable porque evita un daño mucho mayor: la muerte. No se elige el mal por preferencia. La decisión busca proteger aquello que tiene un valor superior.
Para algunos, el país enfrenta esta situación ante una segunda vuelta presidencial en la que muchos ciudadanos no se sienten plenamente representados por ninguno de los candidatos finalistas. En ese escenario, el voto deja de ser una adhesión entusiasta a un proyecto ideal y se convierte en un ejercicio de discernimiento político. La pregunta ya no es quién encarna todas nuestras aspiraciones, sino quién ofrece mayores garantías para proteger las instituciones democráticas, preservar las libertades y reducir los riesgos para el futuro del país.
La acción pública no ocurre en el mundo de los ideales puros, sino en el terreno de las circunstancias concretas. Por eso, Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera actúa guiada por principios considerados irrenunciables. La segunda exige evaluar también las consecuencias de las decisiones. Para Weber, quien participa en la vida pública no puede limitarse a proclamar ideales; también debe responder por los efectos reales de sus actos sobre la comunidad.
La madurez democrática consiste precisamente en equilibrar ambas dimensiones. Los principios son indispensables porque señalan el rumbo. Pero la responsabilidad obliga a considerar las consecuencias de cada elección. Cuando el bien no aparece, corresponde a la conciencia discernir cuál es el camino más razonable para proteger el interés general.
Tal vez esa sea una de las pruebas más exigentes de la ciudadanía. Habrá momentos en que el voto no exprese entusiasmo sino prudencia. Algunos llamarán a esa decisión la búsqueda del bien posible. Otros la describirán como la elección del mal menor. Más allá de las palabras, la responsabilidad de cada ciudadano será ayudar a la democracia colombiana a encontrar el mejor rumbo disponible, porque las naciones no se construyen esperando opciones perfectas, sino tomando responsablemente las decisiones posibles.