Hay barcos que se hunden con estruendo y otros que se llenan de agua lentamente mientras en la cubierta la música sigue sonando. La economía colombiana empieza a parecerse peligrosamente a esa segunda escena. No hay crisis financieras visibles, pero bajo la superficie se acumula una combinación riesgosa: una burbuja de gasto público, un déficit fiscal desbordado y una caída histórica de la inversión privada.
El último dato de crecimiento divulgado por el DANE para el 2025 fue de apenas 2,6%. A primera vista puede parecer aceptable. No lo es. Durante décadas, Colombia se acostumbró a considerar el 3% como un promedio bueno, aunque es mediocre. Crecer por debajo de ese umbral significa perder capacidad para generar riqueza nueva, empleo formal y movilidad social.
Pero lo más preocupante es la composición del PIB. La inversión privada cayó al 16% del PIB, la proporción más baja en la historia reciente. Al mismo tiempo, el gasto público se acerca al 17%. Desde comienzos de siglo la relación era a la inversa: la inversión superaba con holgura al gasto estatal. Esa diferencia reflejaba una economía en la cual la confianza y la estabilidad de las reglas del juego incentivaban a empresarios y ahorradores a apostar por el país. Hoy esa ecuación se ha invertido.
Cuando la inversión se retrae y el Estado intenta compensar con más gasto, se crea una ilusión de dinamismo que no es sostenible. Ninguna economía crece sanamente cuando el déficit reemplaza a la inversión como motor principal. Y el déficit colombiano ya es alarmante: 7,5% del PIB, el segundo más alto de la OCDE, sólo detrás de Egipto con 7,7%. Para dimensionarlo: Chile registra 2,3% y México 3,9%. Gobiernos de izquierda, pero con disciplina fiscal. El contraste muestra que el problema no es la orientación política, sino la irresponsabilidad del Gobierno.
Este desbalance tiene consecuencias: deteriora la confianza internacional, encarece el crédito y reduce el margen de maniobra del Estado para enfrentar futuras crisis. Lo que hoy parece expansión puede convertirse mañana en ajuste forzado. Y el cuadro se completa con otro dato inquietante: la inflación anual a diciembre del 2025 fue de 5,1%, la segunda más alta entre economías de la OCDE. De nuevo el contraste: Chile cerró en 3,4% y México en 3,7%. Inflación alta y bajo crecimiento es la peor combinación posible para los hogares. Y las previsiones para el 2026: inflación alrededor del 6%.
La economía se desgasta lentamente. Menos inversión significa menos empresas nuevas; menos empresas, menos empleo; menos empleo, menos futuro. No es un colapso súbito, sino una erosión persistente.
Colombia todavía tiene margen para corregir el rumbo, pero ese margen se estrecha cada año. Una economía puede tolerar muchos errores, pero no puede vivir indefinidamente gastando lo que no produce ni ahuyentando a quienes la sostienen. Seguir celebrando en la cubierta no evita el naufragio: solo lo vuelve más silencioso, hasta el momento en que la música se detiene y el agua ya llega al pecho.