16 May, 2026

¿Desaparecerá el aroma de café de nuestras montañas?

Pero hay otro elemento delicado para Colombia: la revaluación del peso. Aunque el café se vende en dólares, los cafeteros reciben sus ingresos en pesos.

Durante buena parte de los últimos dos años, el café volvió a darle oxígeno al país cafetero. Los precios alcanzaron niveles históricos, la producción respondió y miles de familias recuperaron tranquilidad económica después de años difíciles. En Caldas, donde el café no es solo un cultivo sino una forma de vida, volvió el optimismo. Sin embargo, el reciente informe de la ANIF confirma que ese ciclo favorable parece haber terminado. Y la pregunta ya no es coyuntural, sino estructural: ¿es sostenible la cultura cafetera en regiones como la nuestra?
El panorama del 2026 cambió. Las variables que antes jugaban a favor hoy parecen alinearse en contra del productor. Primero, el clima. Las lluvias prolongadas alteraron los procesos de floración y maduración del grano. El café necesita equilibrio climático, y ese equilibrio cada vez es más escaso. Los productores de Caldas conocen bien el problema: cosechas menos homogéneas, dificultades para secar el café y mayores riesgos fitosanitarios.
A ello se suma el contexto internacional. Brasil, el mayor productor del mundo, aumentó su cosecha. Cuando Brasil produce más, los precios tienden a bajar por la mayor oferta global. El resultado es inmediato: el ingreso cafetero colombiano se reduce, incluso si la calidad del café sigue siendo superior.
Pero hay otro elemento delicado para Colombia: la revaluación del peso. Aunque el café se vende en dólares, los cafeteros reciben sus ingresos en pesos. Cuando el dólar cae, el productor recibe menos pesos por la misma carga exportada. Parte de este fenómeno se ha visto impulsado por la manera en que el Gobierno ha financiado el déficit fiscal, recurriendo al endeudamiento externo, lo que aumenta la entrada de dólares y fortalece artificialmente el peso.
Todo esto ocurre cuando los costos siguen subiendo. Fertilizantes más caros, transporte más costoso y dificultad para conseguir mano de obra durante las cosechas. A ello se suma el fuerte incremento del salario mínimo que, aunque representa un avance importante en términos de equidad social, se hizo de manera muy acelerada y terminó golpeando aún más la estructura de costos cafetera.
Y en medio de esta situación, el deterioro de la relación del Gobierno con la Federación Nacional de Cafeteros ha sido inoportuno en este cuatrienio. Justo cuando el sector necesita estabilidad institucional y confianza, se ha optado por un tono de confrontación que debilita una de las organizaciones más importantes en la historia del país.
El problema ya no es solamente económico; es cultural, social y territorial. Caldas ha perdido participación dentro de la producción nacional. Aunque sigue siendo referente de calidad y tradición, el peso económico del departamento ya no es el mismo de hace décadas. El viejo paisaje cafetero que moldeó pueblos, fondas y formas de convivencia comienza a desdibujarse lentamente. Además del riesgo de perder hectáreas sembradas, es que un día descubramos que el aroma del café deja de salir de nuestras montañas.