Hoy entramos a un cubículo, marcamos un tarjetón y lo depositamos en una urna. Parece un gesto simple, casi rutinario. Pero votar no siempre fue así. De hecho, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, votar fue un privilegio extraño, limitado o inexistente. Por ello, quienes hoy venden su voto no cometen una simple falta: contribuyen a erosionar el alma misma de nuestra sociedad libre.
En la antigua Atenas, cuna de la llamada Democracia ateniense, los ciudadanos decidían a mano alzada en la plaza pública. A veces utilizaban piedras blancas o negras para expresar su posición. Pero “ciudadanos” no eran todos: quedaban por fuera mujeres, esclavos y extranjeros. Fue un comienzo audaz, aunque profundamente restringido.
En la República romana el voto se volvió más organizado. Se usaban tablillas de cera para marcar decisiones y, con el tiempo, se introdujo el voto secreto para evitar presiones y represalias. Ese detalle, que hoy nos parece obvio, fue una conquista decisiva: proteger la libertad interior del ciudadano frente al poder y frente a la multitud.
Luego vino un largo paréntesis. Durante siglos, en buena parte de Europa y otros territorios, el poder no se elegía: se heredaba. Reyes, dinastías y señores feudales gobernaban por derecho de sangre o por dominio territorial. La participación política era asunto de nobles o clérigos. La idea de que el pueblo decidiera era vista con sospecha o como amenaza.
Con la Revolución francesa y los movimientos de independencia en América renació la convicción de que la soberanía reside en el pueblo. Sin embargo, el voto seguía limitado: solo podían participar quienes tenían propiedad, cierto nivel de ingresos o educación. La igualdad política avanzó, pero paso a paso. ¡Ha sido una batalla que ha llevado muchos años!
El siglo XX amplió de manera decisiva ese horizonte. Las mujeres conquistaron el derecho al sufragio en muchos países. En Colombia lo hicieron mediante el Plebiscito de 1957 en Colombia, cuando por primera vez pudieron acudir a las urnas. El voto universal se convirtió, al menos en el plano formal, en regla democrática. Y nunca hemos tenido, como en otros países de América Latina, el voto obligatorio.
Hoy discutimos sobre biometría, tecnología electoral o voto electrónico. Sin embargo, el desafío más profundo no es técnico sino cívico. Después de siglos de exclusiones, luchas y reformas, votar nos toma apenas unos minutos. Tal vez por esa facilidad corremos el riesgo de subestimar. Cada tarjetón es el resultado de una larga historia de aprendizajes y sacrificios. No es un simple trámite; es la expresión concreta de la soberanía ciudadana. Votar es afirmar que cada persona cuenta y que el poder público no se impone, sino que se delega bajo condiciones.
Por eso debemos ejercer este derecho-deber con responsabilidad. Nos corresponde participar para elegir a los mejores hombres y mujeres que integrarán el Congreso de la República, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes.