Política
12 Jun, 2026

Mi voto en segunda vuelta

Reconocerlo no me convierte en enemigo del cambio; sin embargo, creo que ello no implica cegarnos y perder la objetividad.

Quiero empezar recordando que “podemos ser diferentes sin ser enemigos”. Por eso, me resulta imposible dividir a Colombia entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, entre quienes tienen la razón y quienes están equivocados.

Quienes votan distinto a mí no son mis enemigos. Son personas comunes. Padres y madres de familia, trabajadores, estudiantes, personas que aman a Colombia tanto como yo y que, desde sus experiencias, han llegado a conclusiones diferentes.

En estos últimos años he sido crítico de muchas decisiones del Gobierno nacional. Porque sí, los desatinos han existido y no han sido pocos. Ha habido errores de ejecución, improvisaciones, nombramientos cuestionables, confrontaciones innecesarias y promesas que no siempre se han traducido en resultados.

Ahora, reconocerlo no me convierte en enemigo del cambio; sin embargo, creo que ello no implica cegarnos y perder la objetividad, porque una democracia madura exige algo más que votar desde la rabia, el miedo o el castigo. Exige analizar con serenidad qué proyecto de país queremos construir y sobre todo, exige entender que Iván Cepeda no es Gustavo Petro.

Juzgar una candidatura únicamente a partir de las frustraciones que nos deja un gobierno es tan equivocado como juzgar a millones de colombianos por el candidato que apoyan. Y hoy mis convicciones me obligan a tomar una posición clara, porque creo que la diferencia no es una amenaza que deba ser perseguida, sino una riqueza que debe ser protegida.

Creo en un país en el que las mujeres puedan vivir libres de violencia y con igualdad de oportunidades. Creo que las minorías no tienen que pedir permiso para existir. Creo que el cuidado del medio ambiente no es una moda ideológica, sino una responsabilidad moral con nuestros hijos y con las generaciones que vienen. Creo que la educación transforma más que el castigo. Creo que la paz, aunque imperfecta, siempre será superior a la violencia.

Siento la responsabilidad de defender unos mínimos democráticos que no deberían depender de ninguna ideología: la dignidad humana, las libertades, el respeto por las instituciones, la protección de quienes son distintos y la posibilidad de convivir en medio de nuestras diferencias. Por eso he decidido votar por Iván Cepeda.

No porque espere perfección, no porque crea que tiene todas las respuestas. Sino porque, en este momento de nuestra historia, representa de forma más cercana a la Colombia que quiero dejarles a las generaciones futuras, una Colombia más incluyente, más respetuosa, más consciente de sus diversidades y menos gobernada por el miedo.

Como dijo Antanas Mockus: “Prefiero votar por la paz y equivocarme, y no por la guerra y acertar”. Y hoy hago esa elección con serenidad, con respeto por quienes piensan distinto y con la convicción de que el futuro de Colombia no puede construirse desde el resentimiento ni desde la exclusión. Porque, parafraseando al maestro Carlos Gaviria, “A mí me gustan la educación y la libertad; a ellos les gustan las cárceles”.