Al iniciar un año más, con un panorama global convulsionado, es necesario volver la mirada hacia lo local. Este ejercicio no busca ignorar la complejidad del mundo, sino concentrarnos en los desafíos que tenemos a la mano, sin dejar de considerar cómo el contexto externo los influye. Para Manizales el 2026 no será un año cualquiera, será el definitivo para la actual Administración municipal.
Este periodo marcará su recta final y, por tanto, se convierte en el año crucial para exhibir los resultados tangibles de las obras y proyectos consignados en el Plan de Desarrollo. Contrario a lo que declaran frecuentemente el alcalde y su Secretaría de Infraestructura, mi percepción y la de muchos ciudadanos es que estamos frente a un notorio retraso. Las cifras oficiales y la realidad que palpamos en las calles simplemente no coinciden. Un análisis más profundo tendrá lugar, como es debido, durante los debates de control político programados para marzo en el Concejo. No obstante, podemos adelantar algunas observaciones preocupantes.
Basta con recorrer la ciudad, el bulevar de San Jorge, la obra de Chipre y múltiples intervenciones viales en diversos barrios parecen estancadas. Los avances son mínimos o nulos. Es común ver obras abandonadas durante semanas, sin un solo operario a la vista, generando justificadas quejas en la comunidad. Esta situación no solo refleja posibles fallas en la ejecución contractual, sino que erosiona la confianza ciudadana.
El problema se agrava por una estrategia de comunicación municipal deficiente y lo que es más grave, por una capacidad de diálogo y socialización prácticamente inexistente de los funcionarios de Infraestructura. La falta de transparencia y de espacios genuinos de concertación convierte el malestar en frustración.
El 2026 también estará definido por la política. Las elecciones del 8 de marzo al Congreso transformarán el panorama nacional y, sin duda, repercutirán en lo local. El resultado marcará un antes y un después en la dinámica de control político. Si triunfan los aliados incondicionales del alcalde, es probable que la rendición de cuentas sea débil. Sin embargo, si estos pierden terreno, la actual Administración podría quedar con pocos apoyos y enfrentar debates mucho más rigurosos. Existe además un escenario intermedio, que algún aliado circunstancial, una vez asegure su curul, se sienta libre para ejercer una crítica que antes, por conveniencia electoral, silenció.
En conclusión, el 2026 se presenta como el año de la evaluación definitiva para Manizales. La ciudadanía espera ver obras concluidas, no promesas. Exige comunicación clara y diálogo honesto, no justificaciones. Y observará atenta cómo el nuevo mapa político local asume su rol de vigilancia. Los retos están sobre la mesa, es tiempo de que los hechos hablen.
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No se nos puede olvidad que, aunque estamos en Feria, esta se debe transformar, y debemos exigirle a la Administración, que no ha cumplido con el Plan de Desarrollo en esta materia, que asuma su papel de “Gobierno en serio” y demuestre su capacidad de liderazgo para reformar este evento cultural tan importante para el municipio.