Conviene decirlo sin vergüenza y con el decoro propio de una democracia madura: seguir al populista es una decisión perfectamente respetable. Incluso admirable. Hay que reconocer que se necesita cierto talento cívico para elegir, entre un político serio y un populista, al que promete más y explica menos. No cualquiera sabe preferir el alivio emocional a la aburrida tiranía de los hechos. No cualquiera tiene la finura moral de despreciar el presupuesto y abrazar el mesianismo redentor.
Y para evitar el cansancio de las discusiones ideológicas -que hoy sirven más para pelear que para pensar- conviene aclararlo desde el inicio: da igual si el populista se declara de izquierda o de derecha. En materia de populismo, la ideología es un accesorio de vestuario, como la corbata o la ruana: útil para la foto, irrelevante para el mecanismo. Siempre hay un “nosotros” virtuoso y un “ellos” perverso; siempre hay una élite culpable; siempre hay una promesa de redención sin letra pequeña.
Aclarado el punto, no debería sorprender que el populista compita con ventaja. Hay una forma de injusticia -todavía sin indicador estadístico ni comité internacional que la regule-: al político serio se le exige competencia, prudencia, equilibrio emocional y respeto por la realidad, mientras al populista le basta con señalar con el dedo. Uno debe tener plan; el otro, enemigo. Uno debe gobernar; el otro debe entretener. Y en estos tiempos, como es sabido, las democracias se sostienen con instituciones… pero se ganan con show. Si el político no provoca aplausos, no llega a gobernar nada.
El político serio habla con el tono de una junta de copropietarios: hay goteras, hay que arreglarlas. El populista ofrece un servicio más completo: no administra problemas; administra emociones. Donde el serio advierte límites, el populista anuncia culpables; donde el serio propone procedimientos, el populista promete redención. Y la redención, incluso cuando es improbable, siempre suena mejor que un presupuesto.
A esto se suma un detalle estético que la teoría democrática suele tratar con pudor: el populista es más interesante. El político serio mide cada palabra como si la realidad fuera un tribunal. El populista habla como quien ya fue absuelto por adelantado. No le preocupa la exactitud, sino el efecto; no busca claridad, sino impacto. Su lenguaje es menos una herramienta de gobierno que un instrumento de movilización: frases cortas, enemigos grandes, promesas gigantes. En un mundo saturado de información, la estridencia se confunde con autenticidad; la exageración se interpreta como coraje; la grosería, como franqueza; y la incoherencia, como prueba de humanidad. Y la política contemporánea, como todo mercado, premia lo que más vende.
El populismo, en el fondo, no triunfa por la solidez de sus ideas, sino por la eficiencia de su mecanismo. Es una tecnología emocional: convierte el malestar en adhesión y la frustración en identidad. El ciudadano no solo recibe promesas: recibe sentido; no solo recibe discursos: recibe un guion. Y como todo guion decente, trae villanos listos para el reparto: la élite, la prensa, los jueces, los académicos, el extranjero, los “globalistas”, los burócratas y -cuando hace falta un culpable más visible- el inmigrante. Y, frente a esos enemigos, el populista se proclama el único vocero autorizado de “el pueblo” y “la patria”: una ventriloquia patriótica en la que la Nación habla, casualmente, con su misma voz. De pronto todo encaja. La vida es dura porque alguien lo decidió así; el país está mal porque alguien lo traicionó; el futuro se arregla si se castiga a los culpables. Y si algo sale mal, mejor: eso prueba que el enemigo es poderoso.
En este punto, el contraste entre el político serio y el populista se vuelve casi clínico. El primero se parece a un médico honesto: revisa exámenes, advierte riesgos, prescribe tratamientos largos y -lo peor de todo- insiste en hábitos. Habla de disciplina fiscal como quien habla de dieta; habla de reformas como quien habla de rehabilitación. El populista, en cambio, ofrece una terapia más humana: promete curación inmediata, señala al culpable y entrega esperanza sin necesidad de diagnóstico. Si el paciente empeora, no hay problema: la culpa es del laboratorio, de los médicos vendidos o de la conspiración de siempre. Y así la ciudadanía, agradecida, no solo no se desilusiona: se radicaliza. Porque la realidad, en manos del populista, jamás es una advertencia; es una prueba de que el enemigo es poderoso y de que el tratamiento debe ser más intenso.
Así que, estimado votante, si su intención es seguir al populista en vez del político serio, hágalo con serenidad y sin complejos: no hay nada más democrático que elegir la propia ruina. No le pida al populista detalles, porque eso sería maltrato; no le exija cifras, porque eso sería elitismo; y, sobre todo, no le pida resultados, porque eso sería desconocer la esencia del género.
Aplauda con entusiasmo cada vez que simplifique un problema complejo: es su manera de gobernar. Celebre sus enemigos con disciplina, sus certezas con devoción y sus cambios de versión como flexibilidad estratégica; recuerde que la coherencia es un lujo tecnocrático y que la realidad, bien contada, siempre parece una conspiración. Y cuando llegue la inevitable factura -porque siempre llega, y suele venir con intereses- no cometa el error de sentirse responsable: eso sería impropio de un ciudadano moderno.
Limítese a culpar a la élite, al sistema, a la prensa, al extranjero, al pasado o a la luna; y si necesita un culpable más concreto -más fotogénico y con menos abogados- culpe a los inmigrantes, que siempre están disponibles para cargar con la ansiedad nacional. El país puede estar peor, pero usted debe estar moralmente satisfecho. Y esa, al final, es la verdadera promesa cumplida.
Y si aun así le queda algún escrúpulo —esa incomodidad menor que a veces produce la conciencia— no se preocupe: también hay solución para eso. Basta con repetir que usted no votó por un individuo, sino por una causa; no eligió un gobernante, sino una emoción; no apoyó un programa, sino “un cambio”. Porque al final, cuando el país esté pagando la cuenta, siempre quedará el consuelo de no haber estado equivocado: solo haber sido “malinterpretado por la historia”.