Sí, Stephen King tiene un don que muchos escritores pierden en el camino por simplemente buscar historias creíbles. No, él no le teme a escribir lo que pasa por su imaginación y le importa un comino si es creíble o no, al fin y al cabo son millones de seguidores los que leen sus inquietantes historias.
No siempre fue así, después del superéxito que fue Carrie, se convirtió en un autor prolijo y esto le hizo sentirse algo culpable. Eso de tener varios títulos al tiempo en vitrina no parecía una buena estrategia, según sus editores, y así fue como nació Richard Bachman, el seudónimo con el que escribió cuatro novelas a finales de los años 70.
Cuando llegó al punto que no le importaba ni críticos ni sufría de vergüenzas, cuando estaba más que demostrado que se trataba de un escritor con historias que convencían a lectores en todo el mundo, decidió dar a conocer su sosías y su pecado.
Parte de ese grupo de cuatro novelas fue La larga marcha (1979) y en la cual aparece un mundo de horror, donde adolescentes compiten por un premio, pero en realidad lo hacen como una forma de jugarse la vida, al estilo de una ruleta rusa. Quien no aguante el ritmo de la marcha recibe el pasaporte, eufemismo para referirse a una ejecución segura.
Una obra que lleva al lector a momentos de verdadero frenesí y a temer por la vida de cada uno de los competidores y en especial del grupo que empieza a cerrar filas en torno a mantenerse en el camino. Solo uno vivirá. “La larga marcha no es más que un puro asesinato”. La describe la novia de un competidor y es justo lo que es.
King, como lo ha confesado en muchas ocasiones, incluso en ese libro maravilloso para la escritura creativa que es Mientras escribo…, es un autor intuitivo. Difícilmente sus historias terminan como se las imaginaba inicialmente cuando redactó la primera página y eso no es mejor o peor que el estilo de otros, es simplemente una forma creativa y narrativa que a él le ha dado resultado.
Eso es lo que sucede con estos cinco escritos, que algunos llaman novelas, otros cuentos largos y algunos más simplemente obras de King. El énfasis de las historias está puesto en las acciones y eso hace que la mente de los protagonistas y sus descripciones no sean tan profundas como para volverlos novela. Es su estilo cinematográfico que le ha abierto las puertas también de Hollywood.
La medianoche
Aunque a esas etiquetas es a las que les huyo, vale la pena hablar de relatos, que son los que aparecen en la serie de Después de medianoche. El primero, Las dos después de medianoche contiene dos obras que tratan de lo paranormal y que pretenden generar miedo, que han inspirado incluso películas de terror o que yo prefiero llamar de misterio, porque soy malo para asustarme con lo que sé que no es posible.
El primero de los relatos es Los langoliers, donde empiezan a jugar los tiempos de la física cuántica, esa idea de que no todo sucede en una misma línea temporal y, de vez en cuando, alguien se la salta para terminar en un mundo apocalíptico en este caso. Es la idea de que los pasajeros de un avión terminan no solo en el lugar equivocado, sino en el momento que no les corresponde y deben superar obstáculos para intentar regresar a lo que parece imposible, pero ya lo imposible los alcanzó, entonces nada qué hacer.
El segundo relato es Ventana secreta, secreto jardín, en la que juega con la idea del autor encontrado por el personaje, también de alguna manera proyecta las ideas que pasan por la cabeza de un escritor varado en la posibilidad de escribir cosas nuevas y que es sorprendido por un personaje que lo acusa de plagio hasta llevarlo al límite psicótico.
El segundo tomo, Las cuatro después de medianoche, también contiene dos relatos, uno de ellos El policía de la biblioteca y el otro El perro de la polaroid. Publicados en 1990 parten de una confesión que hace el propio autor. Cómo los miedos infantiles pueden hacer más por la imaginación de un autor que cualquier otra experiencia. También es una metáfora de una época en que las bibliotecas parecían zonas de represión (no hablar, devolver el libro a tiempo, no juegue…). Por fortuna, hoy estos espacios son otra cosa. Y la otra metáfora es sobre la tecnología, otro trasto nuevo que acaba poco a poco con el romanticismo de la artesanía añeja.
En fin, historias aptas para quienes no le teman a probar asuntos inexplicables, muy apropiadas para adentrar a los jóvenes a una lectura que les puede resultar atrapante y en todo caso otra excusa para hablar de libros.
Subrayados
No era tonto; sabía que se había convertido para él en mucho más de lo que era en realidad. se había convertido en un símbolo vital. Un escudo contra la súbita muerte que surgía del vehículo oruga (La larga marcha).
Soy de esa clase de gente que cree que a la larga el conocimiento es mejor y más seguro que la ignorancia (Los Langoliers).
Probablemente el infierno fuera semejante a la manera como te sentías al despertar de un sueño largo y profundo en una tarde calurosa. (Ventana secreta, secreto jardín).
Un desagradable cartelón empezó a llenar sus pensamientos; un cartelón con tres palabras escritas con letras grasientas de color rojo regaliz. Las palabras eran: Pierdo la cabeza (El policía de la biblioteca).
Las vidas, tal como se viven en las ciudades pequeñas, son modelo a escala de lo alegremente llamamos sociedad (El perro de la polaroid).

Foto | LA PATRIA
En los relatos de Stephen King se encuentran claves de cómo lo más arrevesado puede terminar siendo una historia poderosa. Aquí cinco ejemplos en tres libros.