El paso a paso como fiesta y no como tortura. Muchos lo ven con delirio y no con amargura. Amigos y enemigos del régimen deportivo que aplauden o rechazan al Arriero. Las broncas que se silencian con goles y triunfos.

No es Bucaramanga, el rival inmediato del Once Caldas, un afiche en la pared.
Juega y pelea. En fibra, en firmeza, en acoso físico domina. Pero no en técnica, confianza y actitud, puntales fundamentales de la campaña del blanco.

Los aplausos y los sustos
Ante Pasto, goleó y dominó a placer con movilidad y toques. Con la amplitud de extremos punzantes. Con dominio territorial desde el medio y comodidad en el resultado.

Reconoció su fútbol con el balón, con caricias, con él se recreó desde su portería hasta la contraria, generando espacios con habilidad para conducir desde el colectivo.

El Once fue sólido y agresivo, dueño del partido.

La tribuna lo celebró.
El impacto anímico fue inmediato, desde el comienzo por la abrumadora superioridad, conducida por Niche Sánchez, quien, asociado con Robert Mejía y Jader Palacio, dieron un concierto en el medio campo.

Fue el preludio del golazo de Pipe Gómez, un metrallazo a distancia, el primero de la goleada. La elegante cortesía de un jugador que saltó de suplente a titular, como seria alternativa por sus goles y su influencia en el juego.

Tan determinante para aclarar el camino y tranquilizar el ambiente, como el cabezazo de Cardona. Pero, después de los goles de Jefry Zapata y Dayro, con su cadencia en el penal, cuando el público se solazaba por la superioridad, todo cambió.

Los relevos enredaron el partido. Cuatro al tiempo, algo inexplicable.

Al marcharse Dayro, Sánchez, Robert y Gómez, el trámite se complicó. Quienes ingresaron, Quiñones, Zuleta, Barrios, Rojas y el debutante Acuña, no tuvieron la incidencia que el técnico quería.

El Once perdió el rumbo, se desordenó con errores de concentración, concedió dos anotaciones que pudieron ser tres, en el epílogo, en el momento crítico del partido, de no ser por Joan Parra con una atajada sensacional.
Pasto zarandeó la defensa blanca, equilibró la posesión y, con su ariete Estupiñan en mayor dimensión, creó peligro hasta el final.
Al cierre el triunfo holgado, por las cifras, por el juego desplegado, por el aire que le entra a la camiseta, por la confianza que transmite, por la superioridad técnica exhibida, por la cercanía a la clasificación, por el presente que los aficionados viven con emoción.
P:D.: Pronta recuperación para Mario César Otalvaro, compañero en estas lides, después de su operación. Bendiciones y fortaleza, la fe en Dios es salud.