La clasificación está a la mano. Por puntos, por goles... o por inercia. Falta la confirmación, sí, pero sin el apriete angustioso de otros torneos. Esta vez los números empujan.
Paso gigantesco y aplastante el del lunes pasado. En una reconfortante presentación, con errores visibles, porque los hubo, y aciertos determinantes, en juego nervioso e incierto hasta el cierre.
El Once Caldas no se permitió el aburrimiento. Poco flaqueó a pesar del nerviosismo que lo señalaba por la reciente caída de su rendimiento, cuando muchos lo veían contra las cuerdas, en exagerado derrotismo.
Fue combativo, comprometido, con carácter. No fue invisible, ni indolente. No caminó la cancha, como ocurrió en partidos recientes. La corrió con rafagas de su toque característico, aunque discontinuo.
Condicionado, en partido reñido, por un rival impetuoso, de rápida elaboración, con excelente manejo de los espacios.
El fútbol es raro. A veces salvaje, por sus emociones y bello por las ejecuciones. Tiene sorpresas que se ocultan mientras el drama domina. El último partido las tuvo. Especialmente con Niche Sánchez, jugador predominante.
Su jugada fantástica para el primer gol, pagó el boleto y premió la noche. Magistral.
Con imán en su pie, de espaldas a la portería, atrajo la pelota en sutil movimiento de bailarín, con engaño perfecto ante sus oponentes, con genial autohabilitación e impecable definición.
Suyo fue el disparo, cuando El Arriero Herrera preparaba su relevo y el árbitro le metía con sigilo la mano al partido, para el segundo tanto, con óptima definición de Mateo Zuleta al rebote del destacado portero Fariñez. Niche ya tiene historia en sus piernas.
No faltaron las intenciones de Dayro Moreno, aunque erráticas. Ni la habitual aportación de Joan Parra, un portero seguro, pero sobrador con sus riesgos, al que le encantan las gambetas y es generoso en los rebotes.
Tampoco estuvieron ausentes los regaños de El Arriero, en público, que incomodan a los futbolistas. La extralimitación de funciones de Andrés Felipe Rozo el asistente, invadiendo el trabajo de su jefe, saturando con indicaciones a los futbolistas. Habla y confunde. ¿Quién, en verdad, dirige?
Soy un “enfermo” de fútbol. Disfruto la felicidad de un estadio, sus gentes, sus latidos y sus aplausos. Esta vez con el agregado de la aparición del chico Helieyker Guzmán que, aunque pasado de revoluciones, sacudió con su presencia los últimos minutos del partido.
Como enfermos están quienes insisten con la pancarta contra el técnico. Justo ahora que el club acaricia las finales. Aves de rapiña.
Válido es decir que la primera parte de la faena, parece cumplida, pero, cuidado: lo que viene exige tanto reencuentro, rendimiento y crecimiento. Clasificar no es solo pisar el escenario.