Entra el Once Caldas en la vida frenética del remate de la Liga. Sin tiempo ni espacio para los errores, los descuidos, el cansancio o los conflictos. Otro torneo, otro nivel, otros peligros. Es ganar o marcharse.
En el Blanco cuando el fútbol reaparece, vuelven la confianza y la emoción. El público tiene una diferente percepción. Se proyecta a otro nivel.
El Once, en el último partido, volvió a diseñar el juego a través del balón, del pase, del espacio.
Armó su fútbol con velocidad, con calidad en sus creadores, sin la dañina precipitud al definir.
Es el fútbol que gusta en Manizales. El que identifica un romántico paladar sin la sujeción única al resultado como único objetivo. El de las conducciones firmes y los pases espontáneos, con rechazo a los muñecos animados que corren sin alma, sin jugar.
Por eso el clamor por Niche y por Roa. Cabalgan juntos, desparramando clase. Improvisadores, sin libreto, caóticos en ocasiones, deslumbrantes en otras, hasta que el cansancio asoma.
Llega la hora de convertir el desafío, con fuerza, técnica e inteligencia, en necesidad de triunfo. De Saber competir.
De hacer grupo, inferir en el rendimiento colectivo, compactar el vestuario y llenarse de humildad. Para derrotar el poder profético de los mensajeros de infortunios. O la influencia maligna de los arbitrajes.
El Once tiene argumentos para dominar las próximas citas. Sin viajar al abismo aquel, con idolatrías y triunfalismo, que tanto dolor produjo en la sudamericana anterior.
P.D.: Cuidado con Junior, es mañoso, con jugadores experimentados, calificados y provocadores que saben jugar finales y ganarlas.
Pegan a destajo sus defensores, con impunidad. Tienen impulso arbitral, un técnico conflictivo, una afición que pesa y un periodismo delirante que poco sabe perder.