Una derrota no es el desplome. No hay castigos, hay consecuencias. A veces se gana a veces se pierde, siempre se aprende, si se escucha.
No se puede relativizar la caída y menos la goleada en casa. Estadio lleno, ausencia de argumentos tácticos y técnicos en la cancha, sin disposición anímica, sin diseño de equipo.
Fatal.
El partido que pareció un columpio emocional, castigó las desatenciones, el toque-toque improductivo, los fallos del último pase y las grietas defensivas, con una goleada que no figuraba en ninguna de las mentes de los aficionados.
El Once no encontró el partido. Sus futbolistas acusaron bajo rendimiento, algunos "no metieron la pierna como se requería", carecieron de precauciones defensivas con el balón en el ataque, entregados mansamente ante la superioridad de Millonarios.
No faltó aquel que dejó mal parado a su equipo por sus lujos ególatras e innecesarios. Ha venido ocurriendo.
Cuando se activa la ofensiva, las marcas personales en la retaguardia son obligatorias, para no ceder espacios. Nada de eso se hizo, ni se hace.
Por eso el Once se desfondó. Los síntomas llegaron temprano cuando Millonarios perdió una óptima opción para abrir el marcador. La pelota rodó sin control en paralelo con la raya de gol, sin interceptación para parte de la retaguardia blanca.
Fue el primer aviso. A menudo, a lo largo del partido, el proceso de marcajes fue desatento, descolocado y pasivo.
Pasaron los minutos y la vulnerabilidad fue en crecimiento ante un oponente que enfrentaba cada contraataque con el cuchillo entre los dientes. Siempre hizo daño.
En el futbol, con su ejercicio semanal, los retos son continuos, sin desfallecimientos, con futbolistas entregados al ciento por ciento y no de neceser o de espejo. Esta vez el Once no pensó en el juego, en el público ni en la cancha.
Los argumentos de la caída, tan afines a la retórica justificativa, no pasaron por el cansancio ni por el árbitro. Fueron la falta de concentración, los errores garrafales y el conformismo.
En su ambición de clasificar, el Once está obligado a bajar de la nube. A aterrizar las mentes. A mover mejor la alineación y los bancos. A estudiar con mayor profundidad las virtudes y debilidades de los rivales. A oponer resistencia con los argumentos conocidos.
A encauzar los objetivos y a entender que hay circunstancias de partidos en las que tomar precauciones no es cobardía. Bendito es el equilibrio.
El fútbol no es para estatuas y menos para engreídos. Es para combatientes, comprometidos.