De tanto "jugarnos el país" nos hicimos islas y pusimos océanos entre nosotros. En esta campaña presidencial de segunda vuelta, de lado y lado insisten en que nos estamos jugando el país, cada uno convencido de que lo perderá todo, para siempre. Da miedo pensar el futuro así. Y lo peor del miedo es sentir que en cualquier momento llega una catástrofe, la misma que, a decir verdad, nadie puede garantizar que vaya a suceder: ni el autoritarismo venezolano para Colombia estaría asegurado -como también dijeron hace cuatro años-, ni el modelo Bukele sucedería sin más.
Pero por ponernos a salvo de algo que apenas intuimos, el miedo termina justificando acciones violentas o aquellas que hacen imposible confiar entre personas diferentes. Porque aceptémoslo, decir que nos estamos "jugando" el país es reconocer que, como en todo juego, hay algo de azar y de otras variables, más allá de poner el voto. En cualquier caso, en el intermedio, el miedo nos va volviendo islas sin importar si al final la catástrofe que tememos se hace realidad o no.
Hoy ya se puede probar que Colombia no está solo polarizada en dos bandos que se enfrentan, eso al menos implicaría personas que se reconocen entre sí. Según el Edelman Trust Barometer 2026 (ver acá: https://shorturl.at/5IcbB), ocho de cada díez colombianos tienen una confianza insular, es decir que el 32% no está dispuesto a confiar en alguien diferente a ellos, y el 45% duda. Así pues, mientras la polarización supone dos campos en conflicto, la insularidad es un repliegue en el que cualquier diferencia, en valores, fuentes de información o bases culturales, se convierte en razón suficiente para desconfiar. Ya no es que el otro bando nos amenace, es que cualquier diferencia resulta inaceptable.
No es que en Colombia no haya confianza, es que se privatizó. Entre quienes tienen mentalidad insular, la confianza en el empleador llega al 62% y en los vecinos al 50%, pero cae al 41% para los periodistas y se desploma al 28% para los líderes de gobierno. La confianza solo sobrevive donde hay proximidad o relación directa, y colapsa donde se requiere una comunidad de extraños. Las instituciones que por definición operan entre personas que se conocen menos, como las ramas del poder, gremios, organizaciones sociales, son las que la insularidad destruye primero.
Un colombiano con mentalidad abierta confiaría en una institución liderada por alguien diferente a él en un 70% para empresas y un 52% para el gobierno. Con mentalidad insular, esas cifras caen a 47% y 28%. Entonces, la insularidad no es consecuencia de la mala gestión, sino una condición previa que descalifica por anticipado a cualquier autoridad cuyos valores u origen no coincidan con los propios. Ninguna institución puede legitimarse ante una ciudadanía que ha convertido la diferencia en criterio de exclusión.
Claro que hoy existen posiciones graves y preocupantes de alguno de los candidatos. Contra ellas habrá que hacerse fuertes en la ciudadanía y en las instituciones. La democracia nunca fue tranquila, fácil, ni libre de amenazas. Pero la insularidad es la que nos puede dejar sin ciudadanía ni instituciones con qué responder. Es justo el escenario que les conviene a varios políticos y a su mercadeo de odios: cortarle la cabeza a cualquier idea que nos invite a dejar de ser islas.
El informe identifica tareas concretas para cada actor. A los medios les sugiere equilibrio editorial (85%) y titulares precisos (83%). Al gobierno, evitar retóricas que estigmaticen (80%) y promover el diálogo cívico (78%). A las organizaciones sociales, mediar entre grupos que desconfían (81%). A las empresas, facilitar encuentros entre sus empleados y personas diferentes (76%) y alianzas inesperadas con otros sectores (66%). Cada actor tiene un botón diferente y ninguno puede sustituir al otro. Pero seguimos muy ocupados con esta lotería de "jugarnos el país" cada cuatro años.
08 Jun, 2026
Nos volvimos islas
Pero la insularidad es la que nos puede dejar sin ciudadanía ni instituciones con qué responder.