25 May, 2026

Candela para elecciones

El que tenga dudas, que vote por quien prefiera, pero al terminar la jornada está invitado a prender la vela: “Negrita, ven…”.

Esta columna es candela. “Negrita, ven, prende la vela”, cantaba Totó. Y hay que prenderla. Es radical, drástica, sin tibiezas. “Que la cumbiamba pide candela”. Es una declaración categórica de país, ahora que las campañas presidenciales más opcionadas hacen apuestas para ver cuál puede estirar más los principios, y las instituciones, queriéndonos hacer creer que inventaron todas las resistencias, todas las “verdades incómodas”.
Es posible que quiera ser un himno para quienes tienen el voto indeciso, o definido pero con reservas. Personas que no caen en esos miedos programados desde la publicidad electoral: el “castrochavismo”, otra vez, las “mafias de la oligarquía”, insisten. Los indecisos temen si es lo correcto, si su candidato será capaz de tanto, si volver a saltar al vacío en nombre del mal menor. 
El Estado de derecho empezó en 1215 cuando los barones ingleses impusieron, espada en mano, la Carta Magna frente al rey Juan. Decía que nadie está sobre la ley, ni el rey. Tampoco el líder de las encuestas de favorabilidad, ni el elegido con el cincuenta más uno. La separación de poderes tampoco fue un acuerdo entre caballeros. En Inglaterra, el Parlamento le cortó la cabeza al rey Carlos I para que la Revolución Inglesa dejara claro que nadie gobernaba sin contrapeso. Fue brutal. Nació de la candela. Hoy algunos quieren cortes dóciles, fiscales que devuelvan el favor, congresos decorativos. Le llaman gobernabilidad y a lo contrario le dicen “bloqueo”, mientras nos presentan a los Bukeles y Ortegas como si fueran la última tecnología institucional.
La libertad de prensa, que intentan moler de lado y lado, no nació en un comunicado ni en un video editado para redes. Benjamin Franklin y Thomas Paine fundaron una república norteamericana a fuerza de imprimir periódicos. En Santafé de Bogotá, Antonio Nariño vistió de revolución la traducción y publicación clandestina de la Declaración de los Derechos del Hombre. ¿Qué más candela? Hoy nos quieren presentar como novedad que el periodismo solo sea aquel certificado por el Estado. La persecución judicial y la estigmatización contra la prensa se presentan como vanguardia cuando apenas son el viejo autoritarismo.
La igualdad ante la ley tampoco llegó sola. En 1954, la decisión Brown v. Board of Education declaró que la segregación racial en escuelas públicas violaba la Constitución de Estados Unidos. Era parte del fuego encendido por Martin Luther King. Su compañero John Lewis llamó su marcha en Selma un “buen lío”: digámosle candela. Aprendimos que la igualdad, para muchos sectores étnicos y de género, se exige con luchas en las que se pone el cuerpo. La razón se las dio la Corte Suprema de Estados Unidos, no fueron ni los neo-soviéticos, ni los woke, ni la “guerra cultural”.
La Constitución del 91 es la apuesta más radical del último siglo. Está la voz de Lorenzo Muelas abriendo la sesión en lengua misak. La de María Mercedes Carranza defendiendo el Estado laico. La de Juan Carlos Esguerra bautizando la tutela. La de Álvaro Gómez Hurtado defendiendo el Estado de derecho y la de Antonio Navarro aportándole el apellido “social”, manteniendo su pacto de paz a pocos meses del asesinato de Pizarro. Y aun así han querido revestir sus conquistas como tecnocracia sosa o activismo exagerado. Estos principios no son el final de la historia, pero sí han sido camino de conquistas por defender, aún con sus deudas y contradicciones.
El que tenga dudas, que vote por quien prefiera, pero al terminar la jornada está invitado a prender la vela: “Negrita, ven…”. Porque no nos sumaremos al desafuero. Como símbolo que muta en palabras, como palabras que se asientan en una Constitución y construyen realidades, esta candela será una vela en la ventana, a toda hora y en todo lugar durante el próximo cuatrienio.