16 Jun, 2026

Santa vacuna

Por tener un trabajo formal y legal debe pagar una vacuna de $50.000 todos los sábados para poder salir de su barrio. 

María es el reflejo de las mujeres berracas que han salido adelante desde la adversidad. A sus 55 años tiene cinco hijos: Fausto, Iván, Euclides, Luisa, y Fabiana. Creció en un barrio popular de Santa Marta, una ciudad hermosa que, como muchas en nuestro país, está llena de contrastes y contradicciones.
Perdió a su esposo el año pasado. Según ella y su familia, no recibió atención médica oportuna ni acceso a medicamentos vitales, producto de la negligencia del Gobierno Petro que destruyó el sistema de salud.
María trabaja en oficios varios en el sector de turismo en las playas de Santa Marta. Por tener un trabajo formal y legal debe pagar una vacuna de $50.000 todos los sábados para poder salir de su barrio. A los trabajadores informales, a quienes supuestamente identifican por no portar uniforme, les cobran $6.000 semanales. Esta es la vacuna para vivir en el barrio y trabajar para sobrevivir y sacar a su familia adelante. Pero, como ocurrió en la pandemia, las vacunas vienen en varias dosis.
Fausto, el mayor de los hijos, tiene un talento musical impresionante. Aprendió el arte de la guitarra con la ayuda de un amigo del barrio y perfeccionó su técnica gracias a YouTube. Hoy se dedica a tocar en bares y en la playa. Interpreta boleros, baladas, vallenatos y ese rock de mi generación que todavía nos llega al alma. Para que lo dejen trabajar y le permitan vivir, debe pagar $15.000 semanales de vacuna, además de los $6.000 por salir del barrio.
Iván, el segundo de la casa, heredó de su abuelo paterno el amor por la madera. Es un artesano innato que fabrica móviles de peces que, al chocar entre sí, evocan el sonido profundo del mar. Para poder vender sus productos en la playa le exigen una vacuna de $50.000 cada semana.
Euclides logró estudiar en el SENA y consiguió empleo en un reconocido hotel. Su historia trasciende la mecánica perversa de las vacunas. Un día, al salir del trabajo, dos hombres en motocicleta se le acercaron para advertirle que debía presentarse el próximo 28 de abril y unirse a sus filas, so pena de ser asesinado. María, con el apoyo de la empresa donde trabaja consiguió financiación para sacarlo del país. Los detalles de esa historia son infames y crueles.
En cuanto a Luisa y Fabiana, de 14 y 16 años, tienen el negocio de las típicas cocadas. Ellas mismas las fabrican y las venden y, por supuesto, les cobran las respectivas vacunas. Lo que debería ser una fortuna, se convierte en un riesgo para ellas, pues son unas morenas preciosas de pelo crespo hasta la cintura. Los malandrines que se hacen llamar Los Conquistadores están al acecho, esperando el más mínimo descuido para ultrajarlas.
Mientras esto sucede, la Policía recorre la playa en una cuatrimoto, con gafas oscuras para disimular la orden presidencial de proteger al crimen organizado. Quizás esta historia parezca menor frente a las múltiples crisis que atraviesa Colombia. Sin embargo, representa una realidad cotidiana para miles de ciudadanos que viven sometidos a la extorsión, el miedo y la ausencia del Estado.
Todo es de conocimiento público, pero la obligación es callar para poder vivir. Sin duda, esta es la consecuencia de la política de aniquilación de Petro y Cepeda, de escalar el caos para que nadie pueda vivir tranquilo.