La primera vez que leí esta novela estaba en el colegio, terminando mi bachillerato. Recuerdo que la historia de Arturo Cova y Alicia dejó una fuerte impresión en mí; una historia de amor trágico, con un final abierto, como lo llamamos en literatura. Esa novela me sensibilizó al entorno de la selva y a la historia trágica de los caucheros, esclavos modernos, en una época en la que la esclavitud no debería existir.
Pero existe. Sino que lo digan las mujeres que han caído en las redes de trata de blancas, en las cuales utilizan unos métodos bastante similares para generar la esclavitud, tal y como la describe el escritor de La Vorágine, es decir, crearles unas deudas impagables a los caucheros, que además heredan sus hijos.
La semana pasada fui invitada al Foro Ambiental y Literario que realizó el Colegio San Luis Gonzaga y para ello me impuse la tarea de releer La Vorágine, pero con otro punto de vista, que en mis años de colegio apenas quedó de telón de fondo para la historia. Para esto eché mano de una nueva rama de la literatura, la Eco crítica, que es una corriente de estudio literario y cultural, surgida hace unas pocas décadas, que analiza la relación entre la literatura y el medio ambiente.
A diferencia de otros enfoques, por ejemplo el psicológico o el análisis de la estructura de la creación literaria en sí, la eco crítica se hace una pregunta clave: ¿Qué papel juega el entorno natural en esta obra?
Bajo esta mirada, la selva que describe José Eustasio Rivera en la voz de su personaje, Arturo Cova, deja de ser un escenario, para convertirse en un agente activo y sintiente, como lo describe el escritor en el siguiente apartado: “Dijo que los árboles de la selva eran gigantes paralizados y que de noche platicaban y se hacían señas. Tenían deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad”. “Quejábanse de la mano que los hería, del hacha que los derribaba, siempre condenados a retoñar”. Esta sensación de estar atrapados, es la misma que sentían los caucheros, condenados a años de trabajos en condiciones inhumanas, que los hacían soñar con la huida como único camino para su salvación.
Hay una escena muy conmovedora, cuando el cauchero, don Clemente Silva se encuentra con un árbol, que él mismo marcó y al ver las cicatrices en la corteza del árbol herido por su propia mano, se anima a compararlas con las que tiene en su espalda, hechas por el capataz: “porque el alma es como el tronco del árbol, que no guarda memoria de las floraciones pasadas sino de las heridas que le abrieron en la corteza”.
Por supuesto que la novela es una crítica directa a lo que fue la industria de la extracción del caucho, considerado hace un siglo como el oro negro, Así cumple con el propósito que le quiso dar el autor; el de que tuviese una trascendencia sociológica, el de ser una crítica a un sistema de explotación abusivo y bárbaro, el de retratar una región de la que aún hoy sabemos tan poco. El de mostrar el abandono del estado en esas regiones remotas, en las que primaba la ley del más
fuerte, del más malo, del mayor mentiroso. José Eustasio Rivera no idealizó la selva, la mostró cruel e indómita, por esto el final de la novela es tan contundente al hablar del destino de los personajes: “Los devoró la selva”.
Sin duda La Vorágine sigue siendo un libro de lectura obligada para las nuevas generaciones de nuestro país.
02 May, 2026
La Vorágine
A diferencia de otros enfoques, por ejemplo el psicológico o el análisis de la estructura de la creación literaria en sí, la eco crítica se hace una pregunta clave.