La película de la directora japonesa Hikari, estrenada a finales del año pasado y que llegó a nuestras salas hace poco más de un mes, hace reflexionar de una manera profunda sobre un tema que afecta cada vez más a las sociedades más desarrolladas y a las grandes ciudades: la soledad urbana.
La película es la historia de un actor norteamericano que vive en Tokio, donde trata de sobrevivir de su profesión sin mucho éxito. En una de las audiciones, lo contacta el director de una agencia de alquiler de personas y le ofrece trabajo. La primera comisión de Philip, que así se llama el personaje, es asistir a un entierro. Todo aparenta ser normal, la que parece la viuda da un discurso conmovedor sobre la partida de su amado y la gente llora. Al final el muerto abre los ojos y se ve que el funeral era una farsa. ¿Por qué fingir su propio entierro?
En Japón hay una práctica que se llama Shukatsu, para nosotros, los occidentales, es casi incomprensible, es anticiparse a la propia muerte hasta en el más mínimo detalle; limpiar la casa para que la familia no tenga que hacerlo, dejar el entierro pago y el lugar escogido, el atuendo para la ocasión comprado y hasta las fotos del muerto en el ataúd. En vez de un frío testamento, la persona escribe un Ending note; un diario donde deja instrucciones, pero también mensajes de amor, recuerdos y deseos de cómo quiere ser recordado. El meterse en el ataúd le permite a la persona meditar sobre la brevedad y el valor de la vida, por eso el personaje declara después de la experiencia: “Finalmente siento que merezco vivir”.
Brendan Fraser, el actor galardonado con el Óscar por su papel en The Whale, es quien interpreta al actor. Su representación es impecable, especialmente cuando encarna a uno de sus personajes; un padre para una niña, hija de una madre soltera, quien para poder ingresar a una escuela de élite, necesita el acompañamiento de la figura paterna.
Lo más difícil es el conflicto ético, pues la niña no puede enterarse de que el actor no es su verdadero padre. Para hacer esta película su directora investigó por largo tiempo a estas agencias, que existen en Japón hace más de 30 años, también entrevistó a varios actores, incluyendo a uno que tuvo que representar a un padre por varios años: “Mi trabajo es llenar un hueco en la vida de alguien, pero cada vez que el servicio termina y me quito el disfraz, ese hueco se queda en la mía”. Este testimonio lo representa muy bien Fraser en una de las escenas.
La película tiene varias historias paralelas, todas de gran valor y belleza. Algunas para reflexionar, como la de los hombres que rentan mujeres para hacerlas pasar por sus amantes y llevarlas ante sus esposas legítimas para pedir perdón por el agravio. El film permite una mirada cercana e íntima de una sociedad con valores muy interesantes, como el respeto hacia los mayores, pero también inmersa en una gran soledad y en donde, a veces, vale más la apariencia que todo lo demás.
Nuestro reto es nunca llegar a necesitar un esposo, un padre o un amigo de mentiras, que nos llore en el funeral. Que feliz soy de haber nacido en Colombia, aún más en Manizales, donde tengo familia y amistades reales, sin riesgo de sufrir una muerte solitaria, como la de las 30.000 personas que mueren cada año en el Japón, sin que nadie se dé cuenta.