14 Abr, 2026

Ni tanto que queme al santo… (y II)

¿Qué generación desde el inicio de nuestra república podrá defender que alguno de sus gobiernos fue ajeno a la corrupción, cada vez más acentuada?

Cubierto, como está, el nuevo Congreso de la República queda ahora por surtir la ‘envidiable’ carrera hacia la Presidencia. La intensa competencia que se vive ahora en el país, ante la afanosa búsqueda de electores e intentos por acomodar candidatos castigados por las encuestas en el escenario de quienes las encabezan, no permite aún avizorar quién será el próximo mandatario de los colombianos, y pareciera que va a estar bastante reñida la contienda como ya se observa; el futuro para Colombia también luce incierto.

Mi formación me lleva a defender que dentro de nuestra organización política y atendiendo al respeto de la tri-división del poder, el Estado sí puede ser un buen administrador en la prestación de servicios a través de sus órganos y entidades, por supuesto, sin desconocer el importante papel que desarrolla y aporta la empresa privada; lo que pasa es que nos vendieron el cuento por razón de la doctrina neoliberal defendida y promovida con énfasis por distintos gobiernos y que se impuso en el mundo occidental, que resultaba mejor este modelo de apertura económica que aquella de la intervención estatal, la que siguió deslegitimándose con los ya tradicionales altos índices de politiquería, desgreño y corrupción en la organización institucional que cada día se apoderan más de ella con la consecuente desconfianza social.

El célebre filósofo francés Jean-Jaques Rousseau señaló que el hombre nace bueno y libre y la sociedad lo corrompe; es decir, que la propiedad privada, la codicia, la desigualdad, etc., lo pervierten al enfrentarse luego a unos modelos culturales que lo llevan a ser pútrido. Si ese incipiente ser bonachón se cultiva debidamente en sus actuares y saberes, lo que se empieza con el ejemplo en el hogar, seguramente el comportamiento sería el que espera una sociedad que lo ve crecer y educa, y que lo merecerá para el sagrado deber de servir, una de las misiones esenciales del servidor público, de cuya solemnidad se deberían investir, en su totalidad, a los más pulcros y honestos ciudadanos.

¿Qué generación desde el inicio de nuestra república podrá defender que alguno de sus gobiernos fue ajeno a la corrupción, cada vez más acentuada?

En este sentido, todo parece indicar que las normas que el mismo legislador ha creado para organizar y culturizar nuestra sociedad y hacerla grande y buena han resultado insuficientes e ineficaces, por lo que las mismas deben ser reconsideradas por el novel Congreso expidiendo aquellas que garanticen óptimos comportamientos, por ejemplo, impidiendo expresamente que los congresistas influyan o intervengan de cualquier manera, directa o indirectamente, en las otras dos ramas del poder público so pena de perder la investidura, y obligándolos a dedicarse exclusivamente a sus tareas de control político y expedición de las leyes; así mismo, para que se establezca un verdadero control sobre las demás instituciones del Estado, lo que en grado superlativo también le corresponderá a quien sea elegido(a) presidente de la República, que ojalá gobierne con todos y para el beneficio de todos.