Hubo una época del romanticismo en la que los hombres sentían fascinación por los lejanos países del oriente y por las arenas del desierto. Pierre Loti, Joseph Peyré y Josep Kessel con sus novelas alimentaban este sentimiento que se nutría del encanto por las islas lejanas, por el exotismo de sus habitantes, por la libertad de los grandes espacios, por la religiosidad, por el ansia de libertad, por el regreso a una vida simple y en armonía con la naturaleza. Pierre Loti retrataba en sus novelas la vida, las costumbres y el encanto de los lejanos países asiáticos, y Joseph Peyré la atracción por el desierto, por sus habitantes, por su misticismo, por el cúmulo de sentimientos que las impolutas dunas despiertan en las almas sensibles.
Un novelista lo expresaba cuando escribía sobre “esas islas donde los hombres vivían y morían locos y felices”. Loti nació en 1850 y murió en 1923. Se enroló en la marina francesa y, con ella y luego por su propia cuenta, se entregó a viajar por el mundo. Sus obras lo hicieron popular no solo en Francia, su tierra. Sus viajes por India, Egipto, Persia, Tierra Santa, China y Angkor quedaron estampados en 10 volúmenes. Algunas de sus novelas son: En Marruecos y Japón en Otoño. Fue memorable su estancia en la Isla de Pascua. Recibió todos los premios literarios de Francia.
Peyré, (1892-1968) también francés, hizo soñar a sus lectores con las ardientes arenas del Sahara. Algunas de sus novelas sobre este tema son: El Sahara eterno, La cruz del sur, El escuadrón blanco y El jefe de la estrella de plata.
También Kessel (1898-1979), uno de los más grandes escritores de Francia, mojó su pluma en literatura de viajes. Y así fue famoso su viaje por África, Birmania y Afganistán. Una de sus más célebres novelas, Los jinetes, se ubica precisamente en Afganistán.
James Hilton, en la década de los 30, ilusionó al mundo con un universo de felicidad perdido en un valle recóndito del Himalaya con su novela Horizontes lejanos y su refugio de paz llamado Shangri-la. Pues bien, hoy esa fascinación literaria por los lejanos países asiáticos y por el desierto ha pasado de moda. La facilidad de llegar a ellos, gracias a la aviación, la parafernalia de hoteles, restaurantes, negocios de artesanías y de todo tipo, unido a la cantidad de turistas y el consiguiente aturdimiento de ruido y músicas a todo volumen, mataron la fascinación por los lejanos lugares, refugios del exotismo, de la vida sencilla y de la libertad en los incontaminados ambientes naturales. Hoy la literatura navega por otros rumbos.
Los colombianos, a finales del siglo pasado, con parecidas circunstancias pero con muchas diferencias soñaban con el encanto de unas islas: eran Gorgona, Gorgonilla y su mundo insular. Hoy son Parque Nacional Natural. Ello, pero en una escala notablemente menor y con parecidas circunstancias, representó para los colombianos unas décadas atrás en el siglo pasado, Gorgona y su encanto insular. Visitar Gorgona, Gorgonilla y su bellísima roca llamada El viudo, era el sueño de muchos colombianos.