Conociendo los antecedentes, era de esperarse que, de los asuntos tratados por los presidentes de Colombia y Estados Unidos el pasado 3 de febrero solo se hubieran presentado a la prensa los temas centrales de lucha contra el narcotráfico, las sanciones para el país, para Petro y su entorno más cercano y las posibilidades de mutua colaboración más no las muy seguras exigencias de Trump sobre garantías al respeto y transparencia en el proceso electoral colombiano, para evitar una situación como la vivida con Venezuela, y sobre todo de modelar su lenguaje y posición en las relaciones con el país del norte. Ver para creer los resultados concretos de esta reunión.

Por lo pronto, en plena época electoral, cuando los medios priorizan este tipo de información en sus espacios de comunicación, es cuando mayor interés debiera despertar entre las comunidades para ilustrarse sobre candidatos, sus antecedentes, sus méritos para llegar o repetir los cargos de representación popular, que sus propuestas obedezcan a las necesidades y expectativas de la población, su viabilidad y capacidad para hacerlas realidad.

Desafortunadamente no sucede así, reconociendo que ello corresponde a la inconformidad que los políticos han cultivado a lo largo de los años, ganando incredulidad y reproche con expresiones como: “Son los mismos de siempre con las mismas mentiras. Todos son corruptos. Todos llegan a robar y a llenarse los bolsillos con nuestros impuestos. No hay a quien creerle”.

Pero también, si alguien entre ellos les ofrece alguna compensación por su voto no dudan en aceptarlo sin considerar la responsabilidad que asumen, haciéndose cómplices de sus fechorías. Igual el no votar representa una contribución para que regresen los mismos con las mismas, pues mientras menor sea la votación total, menos votos de cociente electoral necesitarán esos individuos para lograr su elección.

En esta materia encuentro inexplicable, aunque de cierto modo razonable con sus desmedidas ansias de poder, la forma como se atacan entre sí ciertos candidatos de excelente trayectoria profesional y garantías de respeto al orden constitucional, magníficas propuestas para superar el caos de todo orden que recibirá del actual Gobierno el nuevo presidente, que coinciden en gran porcentaje en sus intenciones de aplicar la ley y la Constitución con todo el rigor para proteger a la población víctima de una delincuencia sobreprotegida por un sistema tolerante y permisivo con organizaciones y personajes ampliamente reconocidos, algunos incrustados dentro de la institucionalidad.

Absurdo sí que la normatividad vigente permita que individuos procesados judicialmente sigan participando activamente y puedan ocupar los cargos públicos. Igual con grupos terroristas alzados en armas, otorgándoles todo tipo de prerrogativas mediante diálogos estériles que solo han conducido a su mayor fortalecimiento. Y con la delincuencia común, tantos casos de individuos que de forma reiterada cometen graves delitos son detenidos por la Policía para su judicialización, pero son dejados en libertad por los jueces dejando en evidencia serias fallas de nuestra justicia. Colombia necesita un presidente de carácter y mano dura que ataque de raíz estos problemas.