“No voy a aprender su maldito idioma, no tengo tiempo”. Esto lo dijo el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, frente a un grupo de mandatarios latinoamericanos que fueron incapaces de invitar a quien era su anfitrión -será por aquello de no citar la cuerda en la casa del ahorcado- a que pensara mejor lo que estaba diciendo. Se trataba de una expresión que desdecía de la lengua de Cervantes, de García Márquez, de Octavio Paz, de Vargas Llosa, de nosotros y de cerca de 700 millones de personas.
Esa afirmación no es inocente, como algunos quieren restarle importancia. Porque efectivamente es lo que piensa este líder que conduce peligrosamente a Estados Unidos a la paranoia, “ese país donde hablar español se ha convertido, gracias a una elaborada campaña xenófoba, en un primer motivo de desconfianza”, tal como lo expresó en una columna del 2025 el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez y recogida en su más reciente libro.
El Día del Idioma debe ser siempre una oportunidad para referirnos a la importancia del buen hablar y el mejor escribir en una lengua de la que debemos sentirnos orgullosos por ser compartida con unas 700 millones de personas. La Patria es la lengua, como lo ha expresado entre muchos autores el argentino Juan Gelman. O para decirlo en palabras de Enrique Serrano: “El origen de las naciones casi siempre resulta misterioso, pero algunas huellas quedan relacionadas con la lengua”. Así argumenta que una nación se funda en el lenguaje compartido y por eso nuestra Patria debería ser Hispanoamérica, un idioma que nos ha ayudado a ser quienes somos y como somos.
En tiempos de la Inteligencia Artificial (IA), cuando esta requiere de grandes volúmenes de información para poder hacer sus predicciones o resolver las inquietudes que se le plantean, se aumenta el riesgo de que muchas lenguas dejen de ser relevantes para los algoritmos, simplemente porque solo se hablan en sus pequeñas parcelas de tierra, pueden ser pueblos aborígenes o países pequeños, y quedarán al margen del mejor aprovechamiento de estas tecnologías. Es un asunto al que debería prestársele la mayor atención, pero ya sabemos que quienes andan embelesados haciendo más generativa esa IA no se detienen ante detalles como que se acorrale a pueblos enteros.
El idioma, al decir de William Ospina, es el invento humano más complejo, asombroso, sofisticado y místico, con una ventaja adicional, es patrimonio de todos. Así, la lengua castellana original, o el español como lo conocemos hoy, tan antigua y tan renovada, tan capaz de unirnos desde la Patagonia al Río Bravo, de atravesar el mar y seguir a la Península Ibérica, es una herramienta poderosa que debemos valorar más y defender, con ahínco, y no como lo hicieron esos timoratos presidentes que apenas esbozaron una sonrisa cuando el supuesto líder del mundo libre habló de nuestro “maldito idioma”.
No, señores, para nosotros será siempre un idioma bendito, el de nuestras nostalgias, el de la casa, el del territorio y el de nuestros periódicos. Le vendría bien al presidente de los Estados Unidos quitarles un tiempo a sus redes sociales y a los programas de televisión ideologizados que tanto le gustan y darles espacio a los mundos que abre el idioma español.