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Al término de la Semana Santa, arranca la recta final de la carrera presidencial. Las fórmulas vicepresidenciales están listas, el tarjetón definido y excepto lo que pase con Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, asunto que no está fácil de dilucidar para las dos organizaciones, la campaña política entra en su etapa más contundente para resolverse en menos de dos meses. Hasta ahora, las encuestas y las noticias puntuales de posibles alianzas han marcado la agenda informativa de los aspirantes, pero es hora de que el foco se centre en las propuestas, para que los electores definan con claridad el estilo presidencial que les gustaría que guiara el destino del país.
Han sido 16 años con solo dos personas al frente de la Casa de Nariño. En esta elección volvemos a la realidad de cuatro años, no prorrogables, y nos estrenaremos la posibilidad de que los perdedores ocupen renglones en el Senado, el candidato a presidente, y en la Cámara, su fórmula. Toda una novedad, que intenta aproximarnos al régimen parlamentario, pero lejos de emularlo. Es bueno anotar estos cambios, porque debemos recordar que el programa de Gobierno que inscribieron los aspirantes deberán ejecutarlo en el cuatrienio. Además, la posibilidad de darle juego político en el Congreso al perdedor es aprovechar a una figura política con potencial electoral importante para enriquecer el debate público.
Resulta muy importante que los ciudadanos puedan entender si están de acuerdo con las ideas de los presidenciables, si estas son viables y si hay recursos para llevarlas a cabo. La polarización que se vive hoy es por cuenta del tono que ha tomado el discurso de algunos candidatos. Se ataca a las personas y no a sus propuestas o a sus programas de gobierno. Y los áulicos, a un lado y a otro, opinan más con pasión que con razón. Es necesario saber los cómo. Que nos hagan entender la forma en que las ideas plasmadas en sus programas de gobierno podrán llevarse a cabo. Debe salirse de las frases efectistas para dar paso a las explicaciones.
Por los motivos anotados, se hace necesario que los equipos alrededor de los candidatos empiecen a mostrar los matices que diferencian a uno de otro, que sepan dialogar con los ciudadanos para que se entienda cómo ejecutarán las ideas, porque ese es otro problema que se da en las campañas electorales, las promesas vacías. La invitación es a debatir con respeto, no a descalificar. Las maneras de entender el Estado o de hacer que cumpla sus fines pueden ser distintas y todas tienen cabida en el debate democrático. Por eso no tiene sentido cuestionar de plano, sino argumentar con razones a favor o en contra. Buen ejemplo dan los candidatos si acogen esta manera de hacer política y abandonan la tentación del insulto, la descalificación o el sembrar el miedo.

El propósito es que los aspirantes a gobernar el país amplíen con claridad sus posiciones. No puede ser que nos quedemos con un debate electoral en que se acusan los unos a los otros como de derecha, de izquierda, de centro o de tibios, pero que no se pase más allá. Es necesario que lo que falta de aquí a las elecciones, el 27 de mayo, nos propongamos hacer lo necesario para mejorar el debate electoral, y esto empieza por centrarse en las propuestas. Es oportuno reflexionar sobre estas para votar a conciencia.