Vivimos en una época de abundancia que se siente como escasez. Nunca habíamos tenido tanto acceso, tantas opciones, tantas posibilidades... y, aun así, nunca habíamos estado tan inconformes. La enfermedad silenciosa de nuestra sociedad no es la falta, es el quejismo. Esa costumbre de mirar lo que no hay, de enfocarnos en lo que falta, de vivir desde el “cuando tenga” en lugar del “ya tengo”.
Deseamos sin parar. Más éxito, más reconocimiento, más dinero, más validación, más experiencias. Y el deseo, en sí mismo, no es el problema. El problema aparece cuando ese deseo se convierte en una trampa. Cuando creemos que la felicidad está siempre un paso más adelante y nunca en el lugar donde estamos parados.
Ahí nace la dualidad; queremos llegar lejos, pero no sabemos habitar el camino. Corremos hacia un futuro ideal mientras despreciamos el presente que lo está construyendo. Y en esa carrera constante olvidamos algo esencial: a veces no nos falta nada, solo nos falta darnos cuenta de todo lo que ya tenemos.
Buscamos llenar un vacío con compras, con comida, con trabajo, con agendas llenas y logros visibles. Pero ningún éxito externo puede sostener lo que no hemos aprendido a abrazar internamente. Nada afuera logra tapar un vacío que no se ha reconocido. Y mientras más intentamos llenarlo desde afuera, más grande se vuelve.
Yo también estuve ahí. En esa búsqueda incansable de “algo más”. Hasta que entendí que el vacío no se llena, se escucha. Y fue precisamente en ese momento cuando encontré la gratitud. No como una frase bonita ni como una moda, sino como una práctica profunda de conciencia. Agradecer me enseñó a disfrutar el camino, no solo la meta. A honrar lo que ya es, mientras sigo caminando hacia lo que quiero ser.
Porque sí, está bien desear más. El deseo nos mueve, nos impulsa, nos expande. Pero la gratitud nos enraíza, nos centra, nos enseña a disfrutar lo que ya existe sin dejar de soñar con lo que viene. Es el equilibrio entre avanzar y habitar. Entre crecer y agradecer.
Hoy la felicidad parece durar segundos porque la buscamos afuera. Porque creemos que llegará con el próximo logro, el próximo objeto, la próxima validación. Y no. La felicidad no se persigue, se cultiva. Y la gratitud es ese botiquín de emergencia emocional que todos necesitamos. Cuando la activas, todo cambia; tu mirada, tu ritmo, tu manera de vivir.
Esta no es una invitación a conformarte. Es una invitación a despertar. A dejar de enfermarte con la trampa del vacío. A reconocer que mucho de lo que hoy das por sentado, antes fue un deseo. Así que antes de seguir corriendo, detente un momento. Toma papel y lápiz. Y escribe: ¿Por qué te sientes agradecido hoy? Tal vez ahí, justo ahí, empiece a transformarse todo. Porque cuando agradeces no niegas lo que falta, honras lo que ya es. Y desde ahí la vida se vive distinto.
Yo vivo en gratitud. ¿Y tú? ¿Te atreves a empezar hoy?