Hay dos realidades que cada tanto nos pasan factura y de las que solamente tomamos conciencia temporalmente por la fuerza de los hechos. La primera tiene que ver con que en la naturaleza, la sociedad y la economía los procesos destructivos son mucho más eficientes que los procesos constructivos.
Abundan ejemplos de empresas construidas a lo largo de décadas que van a la quiebra en cuestión de meses por circunstancias que las desbordan. Armenia se construyó durante 110 años y en 1999 un terremoto de 25 segundos destruyó las redes de soporte de la vida social y económica. Recientemente, la escena proyectada desde la famosa cámara de video en un concierto de Cold Play dio al traste con la reputación y la vida laboral de los protagonistas. Y localmente, el Fondo de Agua Vivocuenca, que nació como parte de la respuesta a la difícil situación del sistema de acueducto vivida en Manizales en el 2011, encontró su final luego de que su Junta Directiva ordenara su liquidación.
La segunda tiene relación con la primera y es que como humanidad y como sociedad tenemos una clara inclinación o preferencia hacia la atención de desastres sobre la prevención de los mismos. La gestión en prevención es invisible y puede resultar hasta monótona. En los desastres hay héroes, visibilidad, osadías, libertad de contratación, flujo de recursos, adrenalina, oportunidades para lucirse. La psicología aporta algunas explicaciones de esta tendencia como el sesgo de presente, el optimismo irreal (o sesgo de optimismo) y el sesgo de disponibilidad. Y desde las políticas públicas, la escasez de recursos y la interminable lista de necesidades básicas por satisfacer son la excusa perfecta para aplazar las inversiones y los esfuerzos en prevención.
La situación se torna crítica cuando, por ejemplo, ciudades con una importante capacidad de gestión y alta disponibilidad de recursos como Medellín es incapaz de resolver estructuralmente las inundaciones ocasionadas por el desbordamiento del río Medellín y de las quebradas La Presidenta y La Poblada. Las pérdidas acumuladas por repetidas crecientes son incalculables, pero la solución, planteada desde hace años por especialistas de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, aún no se vislumbra. Si esto sucede en Medellín, creo que es poco lo que podemos esperar para Córdoba, Sucre y para el resto del país.
Sandra Vilardy en su más reciente y muy recomendable columna de El Espectador señala que “el problema no es solo que los eventos extremos sean más frecuentes; es que seguimos intentando gestionarlos desde enfoques, estructuras e instrumentos pensados para una normalidad climática que ya no existe”. Tal vez desde antes, pero soy testigo de que desde el Plan Nacional de Desarrollo del Gobierno Pastrana, hace 28 años, estoy leyendo acerca del propósito de ordenar el territorio alrededor del agua, pero hemos preferido asumir las pérdidas en vidas y bienes antes de asumir la responsabilidad integral que como sociedad nos corresponde.
Y es que las complejas consecuencias del cambio climático solamente se enfrentan asumiendo un alto costo de transacción, largos procesos de concertación, conciliando intereses muy diversos, pero sobre todo, con muy buena y potente voluntad política. Voluntad que permitió la existencia del Fondo de Agua Vivocuenca, pero que al no aparecer hoy, se expone a la ciudad a indeseables situaciones que falsamente creemos superadas.