10 May, 2026

Intergeneración: la ciudad que no alcanzó a pensar en sus padres

La intergeneración no es solo una conversación entre edades; es una forma distinta de entender el tiempo en la ciudad. 

En Manizales, una ciudad de cerca de 400 mil habitantes, más de 100 mil personas superan los 60 años. Es decir, uno de cada cuatro ciudadanos pertenece a una generación que hoy empieza a exigir algo que durante décadas no estuvo en el centro de la conversación: una ciudad pensada para envejecer con dignidad.
Solo hasta hace poco empezamos a hablar de intergeneración como proyecto colectivo. Como si de repente hubiéramos despertado a una pregunta incómoda: ¿qué va a pasar con nuestros padres y abuelos en una ciudad que nunca fue diseñada para ellos?
Durante años construimos ciudad para el presente inmediato, sin una idea clara de futuro. Y ahora, el futuro nos alcanzó.
En Colombia, la planificación urbana tomó forma con la Ley 388 de 1997, que introdujo los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) como herramienta para organizar el crecimiento de las ciudades. Son instrumentos de largo plazo -alrededor de 12 años-, pensados para dar estabilidad. Pero ahí está la tensión: mientras la norma avanza lento, la vida cambia rápido.
La ciudad que habitamos hoy fue pensada bajo otras lógicas: para una población más joven, más homogénea, menos longeva. No contemplaba que envejeceríamos más -y que lo haríamos en masa-. Hoy caminamos por calles que no siempre permiten autonomía, habitamos viviendas que no se adaptan a la movilidad, y nos movemos en sistemas que priorizan la velocidad sobre el cuidado. Vivimos en una ciudad que, en muchos sentidos, se quedó atrás frente a quienes la habitan.
Mucho antes de que habláramos de intergeneración algunos ya estaban mirando la ciudad desde el cuerpo. Jan Gehl lo entendió hace décadas: la ciudad se diseña para las personas, y el cuerpo cambia. Caminar más lento, necesitar pausas, buscar sombra, sentarse. Su mirada sobre la escala humana revela algo evidente: una ciudad que solo funciona para cuerpos jóvenes es una ciudad mal diseñada.
Esa intuición se volvió política global en el 2007, cuando la Organización Mundial de la Salud planteó las “ciudades amigables con las personas mayores”. El envejecimiento dejó de ser un asunto privado para convertirse en un tema urbano. Accesibilidad, transporte digno, espacio público seguro, vivienda adaptada. No son extras: son condiciones mínimas.
Entonces, la pregunta es inevitable: si sabemos esto hace años, ¿por qué nuestras ciudades no responden? Tal vez porque seguimos entendiendo la ciudad como un proyecto técnico, cuando en realidad es un proyecto cultural. Pensar en nuestros padres y abuelos no es nostalgia. Es una advertencia: estamos diseñando el lugar donde nosotros mismos vamos a envejecer.
La intergeneración no es solo una conversación entre edades; es una forma distinta de entender el tiempo en la ciudad. Nos obliga a mirar lo local: la topografía, el clima, cómo nos movemos, cómo habitamos. Nos exige dejar de importar modelos ajenos y empezar a leer lo que somos. Las ciudades, como las personas, necesitan transformarse. Pero la pregunta es cada cuánto y cómo. ¿Podemos seguir actualizando nuestras reglas cada 12 años cuando la vida cambia constantemente?
En medio de esta discusión, también hay que decirlo, celebro que desde la Alcaldía y desde múltiples actores de la ciudad este tema haya empezado a ponerse sobre la mesa. Hablar de intergeneración ya es un avance. Pero no basta con nombrarlo. El reto es sostener la conversación y traducirla en decisiones reales.
Quizás el error no fue no pensar en el futuro. Fue creer que el futuro era estable. Hoy sabemos que no lo es. Y por eso necesitamos una ciudad que no solo se construya para vivir, sino también para envejecer.