Hay casas que no fueron diseñadas. Fueron continuadas. La casa de mi familia, en el barrio Lleras, fue diseñada por un arquitecto francés. Existía un plano, una intención inicial, una manera de ordenar el espacio. Pero fue mi abuelo quien la construyó desde cero, en bahareque encementado, materializando esa idea con los recursos, el conocimiento y las decisiones de su tiempo. Y sin embargo, lo que hoy habitamos no es solo ese proyecto: es todo lo que ha pasado después.
Una puerta que se movió. Un muro que se reforzó. Un sistema liviano que permitió adaptar un espacio. Cada decisión ha respondido a una necesidad real: la familia cambia, crece, se reorganiza. Y la casa, si quiere seguir viva, tiene que poder acompañar esas transformaciones.
Esa casa no existe solo por su diseño. Existe porque alguien ha decidido seguirla cuidando y adaptando. En ella hubo algo esencial: relevo. Mi abuelo la construyó. Otros la habitaron. Hoy nosotros la seguimos transformando con respeto por lo existente. Nadie empezó de cero. Y en ese proceso -que mezcla conocimiento técnico, memoria y vida cotidiana- hay una lección que hoy necesitamos volver a poner sobre la mesa: la arquitectura no es un objeto terminado, es una continuidad en el tiempo. Pero esa continuidad no puede confundirse. Adaptar no es improvisar. Transformar no es hacer sin reglas.
La autogestión -tan presente en nuestras ciudades- no puede leerse como la ausencia de norma, sino como la necesidad de que la arquitectura pueda acompañar a las familias en el tiempo, dentro de marcos responsables y legales. El reto está en que muchas de nuestras formas de construir, especialmente las ancestrales, existen desde antes de las normas actuales y aún no han sido plenamente reconocidas por ellas.
Ahí hay una tensión que no podemos ignorar. Porque mientras las normas avanzan, muchas veces lo hacen desconectadas de los sistemas constructivos que históricamente han sabido adaptarse al territorio. Y en ese vacío, se pierde no solo una técnica, sino una forma de entender el lugar.
Hoy, además, estamos rompiendo otra cadena. Las casas ya no se continúan: se reemplazan. La memoria material se borra en cada demolición. Y en su lugar aparecen construcciones que podrían estar en cualquier parte. Queremos vivir como si no fuéramos de aquí. Muchos de los sistemas contemporáneos, usados sin criterio, no están pensados para el territorio sino para repetirse. El concreto, cuando se convierte en respuesta única, aplana: aplana la topografía, aplana la diferencia, aplana la memoria. Pero el problema no es el material. Es la forma en que decidimos usarlo.
Las arquitecturas que han construido nuestra región -esas que vienen de la raíz, de la experiencia acumulada, de generaciones que han sabido leer la montaña- tienen algo que estamos dejando atrás: la capacidad de adaptarse. No corrigen la pendiente, la habitan. No imponen una geometría perfecta, negocian con el terreno. Y para que eso exista, hay una condición esencial: el relevo generacional. Sin relevo, no hay continuidad. Sin continuidad, no hay cultura constructiva. Tal vez por eso, cuando hablamos de lo neovernáculo, no estamos hablando de volver al pasado. Estamos hablando de reconocer lo que ya sabíamos, de actualizarlo, de darle un lugar dentro de las reglas contemporáneas sin borrar su esencia.
De eso también nos hablaban nuestras abuelas. Ellas entendían la casa como algo que se cuida, que se transforma, que se sostiene en el tiempo. Como la arquitectura, eran raíz: sostenían, adaptaban, mantenían viva la estructura incluso en medio del cambio. Tal vez el verdadero reto hoy no es construir más, sino aprender a continuar mejor. Porque una casa no debería ser perfecta. Debería ser capaz de cambiar. Y en una ciudad construida sobre la montaña, valdría la pena recordarlo: el territorio no es un problema que haya que corregir. Es una condición que hay que entender. Cuando la arquitectura olvida eso, deja de pertenecer. Y cuando no pertenece, inevitablemente desaparece.
27 Abr, 2026
Continuar la casa
Mientras las normas avanzan, muchas veces lo hacen desconectadas de los sistemas constructivos que históricamente han sabido adaptarse al territorio.