06 May, 2026

Qué ansiedad la desinformación

Entre las recomendaciones del estudio está abordar una conversación institucional sobre el uso de redes y pantallas, eso lo deberíamos hacer todos urgentemente.

Todos podemos ser víctimas de la desinformación, no importa el grado de escolaridad, porque no se trata de quién es más inteligente ni estudiado. La desinformación desconecta el pensamiento racional y hace que actuemos gobernados por nuestras emociones. Ahí somos presas fáciles, pues aunque lo sepamos y mantengamos alerta, podemos caer en un momento de vulnerabilidad. La desinformación afecta nuestras emociones y nuestra salud mental y no somos lo suficientemente conscientes de eso.

El Estudio Nacional de Salud Mental en Universitarios, publicado por la alianza 4U (universidades Eafit, del Norte, Icesi y Cesa) y Empresarios por la Educación, encontró que el 40,3% de los 1.200 estudiantes de pregrado encuestados en cinco regiones presenta síntomas de depresión moderada o severa y el 44,8% ansiedad en los mismos rangos.

“En cuanto a la relación entre el uso de redes sociales y la depresión, se observa una tendencia progresiva: a medida que aumenta el tiempo de uso diario de redes sociales aumenta la sensación de depresión percibida de los estudiantes, que pasa del 37% entre quienes usan redes menos de una hora al 54% entre quienes las utilizan más de cuatro horas”, señala el estudio, aunque no se refiere al efecto de las redes sociales en la ansiedad, lo tiene, sin duda.

El libro Más allá de la ansiedad, de Martha Beck, dice que la ansiedad se parece a estar obsesionados. “Lleva nuestra atención hacia pensamientos preocupantes, alejándola de la situación física real en el presente. Su vaga sensación de fatalidad nos oprime sin sugerirnos ninguna acción constructiva. Y a diferencia del miedo sano, la ansiedad nunca sede”.

La ansiedad hace que nos inventemos películas de terror delirantes que nuestro cerebro amplifica como en un salón lleno de espejos y a las que se aferra como única realidad, lo que lo hace resistente a cualquier otra forma de pensar. 

Eso, y el sesgo de negatividad afectan la forma en la que identificamos lo que es cierto. “La ansiedad puede cegarnos ante incoherencias o errores en nuestro pensamiento”, explica el libro. La fórmula para que ahora que vivimos hiperconectados y expuestos a cantidades absurdas de información de mala calidad nos la creamos incentivando un círculo vicioso del que cuesta salir porque las redes están hechas para crear adicción. Nos estamos dando muy mala vida, pues esto no solo afecta a los jóvenes.

De depresión y ansiedad se habla cada vez más en los ámbitos laborales, escolares, familiares, y el mismo estudio asegura, basado en información de la Organización Mundial de la Salud, que las cifras de ambos padecimientos aumentaron alrededor de un 25% a partir de la pandemia por covid-19, lo que está relacionado con el mayor uso de redes sociales por el confinamiento. No hay que desestimar otras causas, pero tampoco esta.

Entre las recomendaciones del estudio está abordar una conversación institucional sobre el uso de redes y pantallas, eso lo deberíamos hacer todos urgentemente.

Llevo 10 años chequeando datos y me parece que la discusión sobre el efecto de la desinformación se centra en lo social y lo político, en cómo funciona el mecanismo que la pone a andar, lo cual es sin duda importante para contrarrestarla, pero se debería hablar mucho más de las consecuencias en la salud mental y de las herramientas que hay para anclarnos con fuerza al mundo que tenemos alrededor, a la vida de verdad, y dejar de habitar tanto ese mundo ficticio que exacerba enfermedades tan complejas como la depresión y la ansiedad, que pueden llevar a situaciones irreversibles.