Política
04 Jun, 2026
¿Por qué no nos duele Colombia?
¿Vamos a seguir mirando como si nada? ¿Vamos a esperar a que las consecuencias sean irreversibles? ¿Vamos a exponer a las generaciones que vienen?
¿En qué momento nos acostumbramos a vivir con miedo sin que pase nada? ¿Cuándo dejamos de reaccionar frente a la inseguridad que se expande por buena parte del país? ¿Por qué el deterioro de la salud ya no indigna como debería? ¿En qué momento empezamos a asumir como normal la incertidumbre sobre lo básico? ¿Qué esta pasando con empresas estratégicas como Ecopetrol y porqué no hay una discusión de fondo sobre su rumbo? ¿De verdad no nos preocupa hablar, cada vez con más frecuencia, de un posible apagón por decisiones populistas mal tomadas en el sector energético?
¿En qué quedó el impulso a la construcción, al empleo, a la economía real? ¿Por qué se volvió paisaje la idea de una constituyente y las tensiones constantes con las instituciones? ¿No debería alarmarnos lo que ocurre alrededor del Banco de la República y su independencia? ¿Qué implicaciones tendría para la autonomía del Banco de la República que el ministro de Hacienda deje de participar en su Junta? ¿En qué momento el aumento desmedido de la burocracia dejó de ser un escándalo? ¿Por qué todo esto pasa, y no pasa nada? ¿Estamos cansados, divididos o simplemente resignados? ¿De cuándo acá tanta indolencia o indiferencia frente al abuso de poder? ¿Realmente somos conscientes del futuro que nos estamos jugando?
El problema de fondo no es solo lo que está ocurriendo, sino lo que estamos dejando de sentir. Venezuela, Cuba y Nicaragua no son referencias lejanas: son ejemplos concretos de cómo el deterioro institucional, la concentración de poder y la pérdida de controles terminan por asfixiar la democracia y degradar la vida cotidiana de millones de personas. No son historias idénticas, pero sí advertencias claras que una sociedad no puede darse el lujo de ignorar.
Aquí, mientras tanto, parece que avanzamos entre la preocupación y la indiferencia. Se normalizan los errores, se relativizan las señales de alerta y se diluye la capacidad de indignación. Y tal vez la pregunta más incómoda de todas es si, en el fondo, ya empezamos a acostumbrarnos, porque lo más inquietante es que la mayoría se hace la pregunta: ¿Qué vamos hacer? Se escucha en conversaciones, en redes sociales, en la calle; pero esa pregunta, que debería ser el inicio de algo, termina muchas veces en nada. Se repite, se comparte, se comenta y ahí se queda.
En ese contexto surge otra inquietud: ¿Qué pasaría si el rumbo no solo continúa, sino que se profundiza? ¿Estamos dimensionando lo que significaría un giro aún más radical de la izquierda en el liderazgo político? ¿Estamos evaluando con suficiente rigor los antecedentes, las trayectorias, las ideas y las consecuencias?
Más allá de nombres propios, lo que está en juego es el modelo de país. La historia reciente de la región muestra que los cambios políticos mal gestionados no siempre tienen marcha atrás rápida ni costos menores.
Por eso, la pregunta final es qué vamos hacer frente a eso. ¿Vamos a seguir mirando como si nada? ¿Vamos a esperar a que las consecuencias sean irreversibles? ¿Vamos a exponer a las generaciones que vienen, o vamos, por fin, a sacudirnos, a exigir, a participar y a tomar mayor conciencia del futuro que nos estamos jugando? Porque un país no se pierde de un día para otro, se va perdiendo poco a poco, cuando deja de doler. Que Dios nos proteja.
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PD: No solo se pierde la vida por la violencia o por la falta de un sistema de salud eficiente, sino también por la ausencia del pago oportuno de pensiones que permitan subsistir.