Opinión
14 Abr, 2026

Lo que callan las redacciones en Colombia

¿Dónde está aquella idea que para ser un buen periodista primero hay que ser una buena persona? Tal parece que se ha convertido en una frase de adorno.

Auténtica indignación ha generado en el país el escándalo por presuntos casos de acoso sexual que involucran a dos reconocidos presentadores de la televisión nacional. La situación desencadenó su salida y un sinnúmero de denuncias públicas de mujeres que aseguran haber sido víctimas de conductas inapropiadas, incluso dentro de las instalaciones del canal. Los hechos, sin duda, nos llevan a varias reflexiones. Una de ellas es el papel de las redes sociales, convertidas en un patíbulo público donde se juzga y se condena sin que exista, en el ámbito jurídico, una denuncia formal. En medio de testimonios y publicaciones, la presión social ha sido determinante, pues el canal tomó la decisión de finalizar los contratos de los periodistas involucrados, en un intento por proteger su reputación. Más allá de este caso puntual, estos actos que resultan repudiables desde cualquier punto de vista, son apenas una muestra de lo que durante años ha permanecido en silencio en algunas salas de redacción del país. Allí también se esconden otras prácticas igual de preocupantes como el acoso laboral, la presión psicológica y en algunos casos, la discriminación. Aquí se evidencia una realidad que ha llevado a algunos comunicadores a ejercer su labor con miedo. Este estallido de denuncias ha develado testimonios que seriamente desdibujan las caras de algunos personajes que se muestran impolutos, pero desafortunadamente el miedo a hablar es una constante, pues las consecuencias van desde persecuciones internas hasta perder el empleo. Uno de los comportamientos más comunes en algunas redacciones es el maltrato psicológico, expresado a través de indirectas, gritos o comentarios despectivos cuando no se obtienen los resultados esperados, romantizando estas conductas bajo la llamada “vieja escuela”, como si la formación profesional justificara el abuso. Frases como “usted aquí no es nadie” o “aquí se le paga por trabajar y no para opinar” reflejan una cultura autoritaria que ha permitido la creación de entornos laborales hostiles, en los que quien no se adapta simplemente se va. A esto se suma otra práctica lamentable: el acoso laboral como mecanismo para desgastar a los empleados. Se manifiesta en la asignación de tareas innecesarias, en la exclusión de funciones o en la presión constante, acompañada de frases que se han vuelto tristemente comunes, como por ejemplo “en la calle hay gente haciendo fila por su cargo”, “antes agradezca que tiene trabajo”. Estas dinámicas recaen en gran medida, en las directivas de algunos medios, que permiten estas prácticas, en las que la ética y los valores quedan relegados cuando los resultados se obtienen como sea, traduciéndose en dinero, premios y altos niveles de rating. Al final, queda una pregunta: ¿dónde está aquella idea que para ser un buen periodista primero hay que ser una buena persona? Tal parece que se ha convertido en una frase de adorno, pues vemos más profesionales, pero menos humanidad. ¿Para cuándo la verdadera humanización dentro de ciertas casas periodísticas en el arte de comunicar? Porque el problema no es lo que se denuncia, es lo que se calla.