Ad portas del comienzo del Mundial de Fútbol y de la segunda vuelta presidencial, Colombia se encuentra dividida, no precisamente por quiénes serán los jugadores titulares para el primer partido ante Uzbekistán el próximo 17 de junio, sino por las diferencias políticas que parecen estar llegando a su punto más álgido.
En diferentes momentos de la historia, algunos gobiernos han sido señalados de aprovechar grandes eventos deportivos para reducir la atención sobre asuntos políticos sensibles, pues durante la cita orbital la conversación pública suele concentrarse en los resultados, las figuras y las emociones propias de la competencia.
Pero ahora parece que el fútbol se ha convertido en una herramienta para hacer política. El caso más reciente está relacionado con el uso de la camiseta de la Selección Colombia, un elemento que otrora arropaba por igual a ciudadanos de derecha, centro e izquierda; desde el más humilde hasta el más afortunado.
Una de las campañas prácticamente se apropió de este símbolo, al punto de que su contrincante sugirió a los ciudadanos no usarla, entregándoles en bandeja de plata argumentos a quienes piensan diferente para señalarlo de autoritario.
Entretanto, un juez de Bogotá ordenó al líder de esa campaña abstenerse de utilizar la camiseta de la Selección Colombia mientras se resuelve una acción judicial que argumenta que su uso como símbolo proselitista podría vulnerar derechos fundamentales como la igualdad y la no discriminación, además de asociar un símbolo nacional con una candidatura específica.
Cuando parecía superado el debate sobre la camiseta, llegó la cereza que terminó de adornar este amargo pastel de la discordia. Esta vez, por cuenta de James Rodríguez, capitán de la Selección Colombia, quien el pasado 4 de junio, durante un acto protocolario organizado por la Presidencia de la República, protagonizó una situación que generó múltiples interpretaciones.
Las imágenes del evento desataron un intenso debate en redes sociales sobre la actitud del jugador. Algunos consideraron que ignoró a la hija menor del presidente Gustavo Petro cuando le pidió una foto y que su lenguaje corporal reflejaba incomodidad durante el acto. Sin embargo, más allá de las interpretaciones, lo cierto es que el episodio terminó siendo utilizado por distintos sectores para alimentar una discusión política ajena al ámbito deportivo.
Estos hechos nos conducen a dos reflexiones que como país deberíamos hacer, más allá de los gustos políticos y de las diferencias ideológicas. La camiseta de la Selección Colombia es uno de los pocos símbolos capaces de generar un sentimiento de unidad nacional, sin importar origen, condición social, credo o tendencia política. Por ello, debería preservarse como un punto de encuentro y no convertirse en una herramienta de identificación partidista.
La segunda reflexión es recordar que la Selección Colombia representa a un país de más de 50 millones de ciudadanos. Más allá de las preferencias políticas que sus jugadores puedan tener, como cualquier colombiano, dentro de la cancha encarnan la ilusión colectiva y se deben a una afición diversa que piensa distinto, pero que comparte los mismos colores.
En conclusión, tanto la camiseta como la selección deberían mantenerse al margen de la disputa política. La grandeza de una sociedad tan diversa y polarizada como la nuestra radica precisamente en que, pese a las diferencias, seguimos entonando el mismo himno, vistiendo con orgullo la misma camiseta y celebrando o lamentando juntos los triunfos y derrotas de nuestros deportistas.
07 Jun, 2026
La camiseta de todos
La camiseta de la Selección Colombia es uno de los pocos símbolos capaces de generar un sentimiento de unidad nacional, sin importar origen, condición social, credo