Empecé a trabajar en televisión a los 9 años. Mientras otros niños jugaban, yo ya estaba aprendiendo algo que no estaba en ningún libreto, y es que el cuerpo habla antes que la boca. Y no siempre lo dice con palabras. Recuerdo bastantes momentos en los que me sentía incómodo frente a cámara. No era que no supiera qué decir; era que mi cuerpo no estaba convencido de lo que estaba diciendo. La televisión -implacable, pero honesta- lo evidenciaba todo.

A los 13 años, trabajando en Telecafé, me regañaron más de una vez. No porque dijera mal el texto, sino porque no lo decía con naturalidad, y es que mis gestos eran rígidos; mis pausas, forzadas; mi mirada, insegura. Ahí entendí algo que hace poco se lo escuché al exitoso presentador de televisión

colombiano Juan Eduardo Jaramillo, el éxito en la presentación es ser auténticos, no forzar nada, tener nuestra esencia.

Haciendo investigación, la cual también comparto en mi libro “Palabras con Poder”, me encontré una de las investigaciones más citadas sobre este tema, y es la del psicólogo Albert Mehrabian, profesor emérito de Psicología en la University of California, Los Ángeles (UCLA). En sus estudios sobre comunicación de actitudes emocionales encontró que, cuando hay incoherencia entre lo que se dice y cómo se dice, los oyentes confían más en las señales no verbales que en las palabras mismas. Según estos estudios (Mehrabian, 1967-1971): 7% del impacto del mensaje proviene de las palabras habladas, 38% corresponde al tono de voz, ritmo y entonación, 55% proviene del lenguaje corporal (gestos, expresiones faciales, postura).

Durante años creí que comunicar bien era quedarse quieto y hablar claro. Error. Luego pensé que significaba moverse mucho, exagerar gestos, “actuar” el mensaje. Otro error. Lo que aprendí con el tiempo es que la clave está en algo más difícil: coherencia. El cuerpo debe moverse como se mueve la idea. Ni más, ni menos. Cada gesto, cada pausa, cada silencio, construye un relato.

Hay investigaciones posteriores que respaldan la idea de que los gestos faciales, posturales y micromovimientos influyen en la percepción de sinceridad, intención y credibilidad en cualquier interacción cara a cara. (Burgoon et al., Nonverbal Communication, 2016)

Finalizando la investigación y haciendo reflexión, he entendido que han existido momentos en los que me sentí incómodo hablando. Pero aprendí algo fundamental: todos somos iguales frente a una cámara y frente a la vida. El miedo no es debilidad; es señal de conciencia, lo importante es dar nuestro paso y trabajar día a día en mejorar esas debilidades. Antes de finalizar esta columna quiero dejarles unos tips que en lo personal me han funcionado mucho para trabajar mi lenguaje corporal.

Prepara un texto y grábate hablando con el celular, después analiza lo que dijiste, observa tus pausas. El silencio no es vacío, una pausa bien puesta refuerza el mensaje; una mal puesta lo fragmenta. Habla de pie, la postura cambia la respiración, la voz y la seguridad. El cuerpo erguido comunica convicción, no arrogancia. Reduce un 20% tus gestos, la mayoría de personas gesticula de más cuando está nerviosa, menos movimiento = más claridad. Alinea emoción y mensaje si hablas de algo serio, pero sonríes; si hablas de algo alegre, pero frunces el ceño, el cuerpo desmentirá tus palabras.

Todo comunica, incluso cuando no queremos.