El 3 de enero del 2026 el mundo entero se sacudió. La intervención de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro marcó el inicio del nuevo orden mundial. Uno dedicado a la protección de los pueblos y su liberación.
Rápidamente las redes sociales, los medios de comunicación y simpatizantes de la izquierda comenzaron a hablar sobre la violación de la soberanía y el respeto al derecho internacional. En ese sentido, comparto las opiniones de Patricia Janiot, quien enfáticamente indicó que a los únicos que se han protegido y defendido son a los actores de la dictadura, a los tiranos represores y ladrones.
De igual forma, apropio las conclusiones de Felipe Hasson, quien expresó que la soberanía estatal no es un escudo moral absoluto capaz de justificar el hambre, la persecución, la tortura, el exilio masivo y la supresión completa de la voluntad popular.
Si en la Europa de 1933 las potencias hubieran decidido no liberar los campos de concentración para respetar la soberanía alemana, hoy esa omisión sería recordada como complicidad.
Lo sucedido es también consecuencia de la inactividad, la inoperancia, el exceso de discusión y la burocracia de organismos como las Naciones Unidas, que terminaron convirtiéndose en un escudo protector de regímenes dictatoriales. Su misionalidad quedó relegada mientras permitían que países alineados con la izquierda apoyaran y sostuvieran organizaciones criminales y gobiernos autoritarios, como ocurre en Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Resulta valioso y admirable el nuevo orden mundial que surge desde la Casa Blanca, liderado por Donald Trump y Marco Rubio, denominado la Junta de la Paz, una apuesta por reemplazar la burocracia por la acción. El poder internacional deja de estar en manos de burócratas, comités infinitos y organismos capturados, para pasar a quienes defienden la libertad individual mediante la ley y el orden.
Esta es la nueva narrativa global: el retorno al individuo, a la empresa, al respeto por las instituciones y a la protección efectiva de los derechos individuales. No se trata de destruir lo construido, sino de desarmar lo que no funciona, de desmontar aquellas instituciones que dejaron de servir al ciudadano para ser permeadas por burócratas que priorizaron la ideología de izquierda por encima de la esencia de estos organismos.
Lo que hoy ocurre es un llamado a reflexionar sobre este nuevo orden y sobre la forma en que el mundo empezará a actuar para estabilizar regímenes en conflicto, privilegiando a quienes producen estabilidad y no caos, progreso y no miseria.
En última instancia, no se trata de una amenaza estadounidense, sino de una invitación clara y directa a reformarse desde adentro, poniendo al individuo en el centro. La libertad no puede existir sin orden, ni el orden sostenerse sin libertad. Las naciones están ante una decisión histórica: defender la dignidad humana, el imperio de la ley y la responsabilidad institucional, o desaparecer bajo el peso de su propia inercia. El nuevo orden no pide permiso: exige libertad, orden y acción.