Llegué a mi columna 100. Volví a leer varias que publiqué desde el 2022 y confirmé algo que sospechaba: la mayoría de mis batallas de opinión no han sido con personas, sino con palabras y la manera en la que las usamos a conveniencia.
“Es una candidata muy carismática”, dicen en los concursos de belleza. “Es un candidato carismático que mueve masas”, repiten algunos periodistas sobre cualquier político ambicioso. El carisma queda reducido a una tuerca de un ensamble desconocido y cuyo juicio es absolutamente variable.
El problema no es el concurso ni las elecciones. El lío es lo que dejamos afuera cuando usamos así la palabra, porque el carisma, reducido a un atributo ornamental, pierde su espesor ético, relacional y humano.
Tal vez el mayor daño que le hemos hecho al carisma no es desacreditarlo, sino confundirlo. Lo hemos mezclado con simpatía, extroversión o popularidad, hasta volverlo irreconocible. Al reducirlo a lo visible o lo rentable, le hemos quitado justamente aquello que lo hacía real.
La palabra carisma arrastra consigo una historia de más de dos mil años que hemos decidido ignorar. El término proviene del griego khárisma, derivado de kháris, que significa gracia, favor, belleza o bondad. El carisma es, literalmente, aquello que resulta de la gracia recibida.
En el contexto bíblico, especialmente con San Pablo, el carisma no es un atributo individual. Lo dejó claro en 1 Corintios 12:7: “Pero a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común”. Los dones no pertenecen al que los posee. Existen para circular, para edificar, para servir al otro. El carismático auténtico es un canal y no un depósito.
Cuando Max Weber secularizó el término en Economía y Sociedad (1922), le otorgó un sentido sociológico que distorsionaría su núcleo semántico. Para Weber, el carisma explica cómo ciertos individuos logran que otros los sigan sin tradición. El problema no es que Weber estuviera equivocado, sino que su concepto colonizó el lenguaje cotidiano. El carisma pasó de ser un don comunitario a una ventaja competitiva individual.
Luego, el teólogo Paul Tillich recuperó el carisma desde su dimensión teológica y lo hizo ver no como algo que se posee, sino como aquello por lo cual uno es poseído. Tillich insiste en que el carisma no puede fabricarse, pues, cuando intentamos producirlo deliberadamente, obtenemos su falsificación. En otras palabras, es simpatía ensayada o un encanto calculado.
¿Dónde encontramos ese carisma auténtico en la vida ordinaria? Está en la profesora de primaria que llega temprano para notar quién llegó triste, quién no desayunó, quién necesita ser visto. Está en organizaciones como la Fundación Nutrir de Manizales, que entiende que atender la malnutrición infantil no es solo cuestión de calorías, sino de acompañamiento integral. Está en el médico de urgencias que se detiene tres segundos para mirar a los ojos del paciente y preguntarle su nombre. Lo que estas personas tienen en común es que no están actuando su carisma. Simplemente dejaron de endurecerse y mantuvieron la disposición afectiva en un mundo que premia la indiferencia.
El carisma verdadero no busca dejar huella, sino abrir caminos. No quiere que lo recuerden; quiere que los otros puedan seguir adelante Quizás el verdadero problema no sea la falta de carisma, sino nuestra creciente incapacidad para reconocerlo cuando no viene envuelto en brillo ni glamour.
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Escuche esta columna en podcast.luisfmolina.com con el presbítero Luis Guillermo García como invitado.