Por estos días es tendencia la nueva identidad llamada “therian”, palabra de origen griego que abrevia el término “therianthrope”, que significa animal humano, bestia, etcétera. No hay conversación familiar o de amigos que no mencione, sobre todo a modo de burla, este fenómeno -que no es nuevo: nihil novum sub sole, dice el adagio; e historias de hombres bestia abundan en la literatura-. Son personas que “se identifican” psicológicamente con animales, en especial gatos o perros.

Entonces se abre una diversidad de posibilidades. Es posible que lleguemos al punto de identificarnos con lombrices.

La discusión sobre los therian no solo entraña esa pregunta agrietada por la identidad. También entraña lo fácil que ponen las redes sociales y los medios de comunicación palabras en nuestra boca. Pero esta discusión no es materia de mi columna que, en tanto corta, permite cortas digresiones -pronto, quizá, las columnas tendrán la identidad de tuits ansiosos-. La materia de esta columna es la siguiente: si uno fuera a decir que nuestra democracia caldense se identifica psicológicamente con un animal, ese sería el lagarto.

“Lagarto”: metáfora para describir a todo político pícaro, que detrás de una cara muy humana esconde una figura reptiliana. No sé de dónde viene esa comparación, pero se hace en la mente la imagen de un animal con escamas, esperando con paciencia engullirse a su presa, que se camufla, que tiene una lengua bífida y en casos extremos venenosa: imagen exacta de un político común tradicional, es decir, un político caldense. El primero que se inventó el símil es un visionario que nos dejó una imagen nítida para nuestra democracia therian con identidad de lagarto.

En época de elecciones he oído los discursos de muchos candidatos, y la gran mayoría no se aleja de esa imagen. Tal vez sea algo congénito que en Caldas las ideas no son importantes para las campañas, sino la plata y la maquinaria. Nuestra democracia es un lagarto, pariente de los dinosaurios, que excluye a la mujer de la real participación política, que reparte votos por puestos y que hace política con el erario público. Un lagarto que a lo máximo que puede aspirar es a “traer votos de Bogotá” y a ver si hace lo posible porque ese otro dinosaurio llamado tauromaquia reviva.

Son pocas las voluntades para que surja algo novedoso, no con aliento hediendo de dragón. Ideas que vayan más allá de “vamos a restablecer los valores” o de “vamos a implementar las placas huella” o de “gestionaremos Aerocafé” y de otros debates que se han repetido por décadas. Es una democracia que se contenta con rendirle pleitesía al gobernante de turno y con inundar el espacio público de vallas.

La verdad es que he conocido a muchas personas que tienen una real psicología de lagartos: están hechos solo para la politiquería. Sin embargo los buenos lagartos nunca se identificarán del todo: a veces dirán “somos la mayoría”, otras que “estamos firmes por la patria”, y también, claro: “manizaleño vota manizaleño”. Debemos respetar esta clase de identidad que está surgiendo, que no excluye edad, género ni clase social y que, como la raza de los elefantes blancos, están por todos lados.