Hay presidentes que gobiernan con datos, otros con ideología y algunos con una peligrosa confusión entre la voz del Estado y la voz del pueblo. En ese último grupo, Gustavo Petro ocupa hoy un lugar singular. Pocas veces se ha visto a un jefe de Estado tan convencido de que él no solo representa al pueblo, sino que es el pueblo.

Habla como si lo encarnara, como si toda crítica fuera un ataque directo a la ciudadanía, como si disentir de él equivaliera a traicionar a una masa homogénea que solo existe en su propio relato político. “El pueblo me apoya”, “el pueblo no permitirá que me pase nada”, “yo hablo por el pueblo”.

La apelación es constante, insistente, casi obsesiva. Petro no gobierna para el pueblo, gobierna como pueblo, o al menos como la versión que él ha construido de ese concepto. El problema es que, mientras más se aferra a esa identificación casi mística, más evidente se vuelve la distancia entre su discurso y la vida real de millones de colombianos comunes.

Nunca, en los últimos años, la prestación del servicio de salud había sido tan incierta para los más pobres. Nunca había sido tan frecuente que un paciente tuviera que peregrinar entre hospitales, tutelas y trámites interminables para recibir atención básica.

Nunca el sistema educativo había enfrentado una combinación tan preocupante de desfinanciación, deterioro de infraestructura y ausencia de una política clara para fortalecer la calidad en los colegios públicos del país.

Las vías terciarias, esas que realmente conectan al campesino con el mercado y al productor con el consumidor, han vuelto a quedar relegadas. Se habla de justicia social desde los micrófonos, pero el barro sigue siendo el lenguaje cotidiano de miles de veredas. Y mientras tanto la inseguridad, que golpea con mayor crudeza a los sectores vulnerables, se ha extendido sin contención real ni estrategia eficaz del Estado.

El microtráfico, ese enemigo silencioso de los jóvenes, nunca había tenido un terreno tan fértil. Recluta, amenaza y destruye futuros mientras el Estado duda, relativiza o simplemente no llega. El Icetex, que debería ser un puente hacia la movilidad social, se ha convertido para muchos estudiantes en una entidad distante, confusa y poco empática, justo cuando más respaldo necesitaban. A esto se suma el deterioro de servicios públicos en regiones periféricas, la parálisis de proyectos de vivienda social y la falta de oportunidades laborales para quienes viven del rebusque diario.

Petro, sin embargo, parece habitar un mundo paralelo. Un universo narrativo donde él es heredero de Bolívar, intérprete exclusivo de la historia y protagonista permanente de una gesta épica. Cita a García Márquez, invoca el realismo mágico y se presenta como una figura asediada por fuerzas oscuras que no toleran su grandeza ni su supuesto mandato popular histórico. Pero si realmente quisiera entender el espejo literario que convoca, debería releer “El otoño del patriarca”. Allí se retrata a un tirano envejecido, encerrado en su palacio y en su propia mitología, convencido de ser amado por un pueblo que ya no reconoce. Un gobernante que confunde aplauso con silencio, lealtad con miedo y termina hablando solo, rodeado de ecos.

Algo parecido ocurre hoy. Petro se siente la encarnación de un pueblo que, paradójicamente, nunca se había sentido tan distante de su presidente. Entre la retórica inflamada y los hechos hay un abismo. Y ningún discurso, por poético que sea, puede rescatar de la crisis a hospitales, pavimentar caminos, proteger jóvenes o devolver tranquilidad. El pueblo real no necesita intérpretes mesiánicos. Necesita gobierno.