Entre el 9 y el 10 de diciembre del 2025, en las calles de Oslo se hizo evidente una tragedia latinoamericana, vivida desde afuera. La nominación de la venezolana María Corina Machado, que desató una gran controversia en el país del Premio Nobel de Paz, atrajo a latinoamericanos de toda Europa, pero con banderas, arengas y motivos opuestos.

Yo era el líder del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina (LAG i Norge), y era representante de la manifestación contra la decisión del Comité del Nobel. La iniciativa surgió de varias organizaciones de paz y contó con la participación de muchos noruegos jóvenes, entusiastas y activos, y un nutrido grupo de latinoamericanos de mayor edad. Eran los chilenos, los argentinos, los uruguayos: los que huyeron de sus países durante las dictaduras de la extrema derecha. Casi ningún venezolano, a pesar de que ondeábamos su bandera.

Al otro lado llegaban venezolanos de toda Europa para la ceremonia oficial, para la marcha de antorchas y la incierta aparición de María Corina Machado luego de un año de clandestinidad. Parecíamos dos grupos tan distintos que no sólo dábamos la impresión de no pertenecer a la misma diáspora, sino tampoco al mismo continente. Tan apartados los hicieron las ideologías que la tragedia común se hizo trinchera en vez de puente.

Para algunos exiliados, el premio fue una apología a la barbarie, a la extrema derecha y a las ambiciones imperialistas de Donald Trump, que revive los horrores de la operación Cóndor y de más de medio siglo de golpes de estado e invasiones militares. Para otros, los que llevaban antorchas, también exiliados, el premio era un homenaje a la larga batalla por la búsqueda de democracia en Venezuela, cuya crisis económica, política y de derechos humanos forzó al exilio a casi un tercio de su población.

Decepcionado del tácito apoyo a Maduro en la marcha que organicé (más absurdo aún, el mismo Maduro habría de agradecernos por televisión dos días después), fui a la marcha de antorchas rezando para que nadie me reconociera, para que no me creyeran madurista, y para que los de mi lado no me creyeran fascista. La calle era un río de candela, se hacían inútiles las luces de Navidad, y la gente esperaba frente al balcón del Grand Hotel como quien espera a un familiar en la entrada del aeropuerto.

María Corina Machado no apareció a la hora programada, sino después de la medianoche. La que sí se vio muy puntual, casi frente a mí, fue Marta Lucía Ramírez, quien pregonaba a un reducido grupo de espectadores sobre democracia y derechos humanos, y la importancia de respetar las marchas como protesta social. No se refería exactamente al Paro Nacional, por si acaso hay dudas.

La confusión, que desde afuera se ve cómica, es en realidad dolorosa. Mientras aquí se gritan e insultan, mientras se demonizan, mientras se encarnan en los miedos del otro, a América Latina la miran con avaricia los tiranos de siempre, y los nuevos tiranos que parecen menos tiranos sólo por no ser los de siempre.

En redes sociales, en una guerra digital, canales afiliados a la extrema derecha tergiversaron los eventos en Oslo, y lo mismo hicieron los canales afiliados a la extrema izquierda. A nadie parecía importarle que todos esos medios alternativos y canales de amplificación están conectados a una misma red de desinformación, cuyo objetivo, lejos de nutrir nuestras luchas, busca socavar nuestras instituciones y lo poco que nos va quedando de democracia.

Lo que me aterró es que ni de un lado ni del otro se hablara de la barbarie como un enemigo universal, más por su naturaleza violenta que por el color de su ideología. Ambos grupos, a mi parecer, tenían razón: Donald Trump y Nicolás Maduro representan esa barbarie, y ambos deben caer.

Aquí, los noruegos apoyan a un bando o el otro, como si fueran equipos de fútbol. ¿Qué preferimos, ser colonia de Trump, de Putin o de Xi?, ¿una dictadura de izquierda o de derecha?, ¿un exilio capitalista o uno socialista?, ¿una tortura progresista, o una conservadora?, porque, claro, estamos obligados a elegir cuál tirano es más conveniente, o más humano, sólo por la inercia de la historia.

Pareciera que el dolor ajeno fuera sólo una bandera, una identidad que se puede comprar, que se puede llevar puesta para impulsar agendas que nada tienen que ver con nuestra soberanía ni nuestra integridad. ¿Habrá otro nombre para todos ellos, para todos nosotros? Por ahora, muchos miramos desde afuera, aterrados, preguntándonos cómo estarán las cosas en casa, y cuál será el país que encontremos al volver.