A principios de este siglo, Colombia se encontraba asediada por el terrorismo, el narcotráfico y la corrupción. Viajar por carretera era un acto suicida; ir a la finca era una odisea; los jefes farianos dominaban, y los ciudadanos inocentes padecíamos la impotencia de un Estado cómplice y acobardado.
Entonces apareció Álvaro Uribe Vélez, en el año 2002, ofreciendo mano firme y corazón grande y sembró una nueva esperanza en Colombia. Se enfrentó a la delincuencia y, a costa de varios atentados contra su vida, creció de una manera inesperada hasta conquistar las amplias mayorías que lo llevamos a la Presidencia de la República. Todo esto, por fuera de los partidos tradicionales, en una lucha titánica, independiente y denodada. ¡Y el país fue otro! Poco a poco se minaron los grupos terroristas, se acorraló la delincuencia, se fortalecieron las instituciones, se reforzó la fuerza pública, y el espíritu de los colombianos se hinchó de orgullo y ganas de luchar por el país. Esa mano dura funcionó realmente y se demostró, con hechos, que un Estado puede llegar a ser indoblegable cuando la voluntad del gobernante es inquebrantable.
Fue un período de presencia institucional, acompañamiento estatal, justicia y recomposición social que terminó por causarle gran escozor a la clase política tradicional, convirtiéndola en la mayor enemiga del Gobierno. Hasta que llegó Juan Manuel Santos (herencia de Uribe), el caballo de Troya de la guerrilla, y durante sus mandatos el país retrocedió y se le devolvió el poder al narcotráfico y la corrupción política. Ocho años de complacencia terrorista que hasta el mismo Álvaro Uribe se encargó de cohonestar con el ablandamiento del no en el plebiscito, que terminamos cediéndole al sí de los delincuentes.
Y siguió Iván Duque (otra herencia de Uribe), presidente transicional y anodino, que se arredró ante la primera línea y las milicias urbanas que destruyeron a Colombia y se apoderaron de la Presidencia en cabeza de quien hoy nos asuela: Gustavo Petro. ¡Toda una tragedia!
Padecimos la historia y sabemos que el país, que se encuentra en peores condiciones que las del principio del siglo, requiere de soluciones inmediatas, drásticas, institucionales, constitucionales y legales que le cierren el paso a quienes hoy nos gobiernan, y a quienes se esconden en los partidos para saquear a Colombia mediante sus alianzas ocultas.
Y aunque tenemos mucho que agradecerle a Álvaro Uribe Vélez -gran patriota por encima de sus críticos y detractores-, la coyuntura actual no admite una mano tendida, ni débil, ni blanda como la muestra Paloma Valencia y, mucho menos, su fórmula progre-vicepresidencial que esconde otro letal caballo de Troya. Lo que necesitamos es una mano firme, dispuesta a respetar y a hacer respetar la ley y la Constitución, sin concesiones al crimen, ni cesiones a los valores familiares, ni a la delincuencia, ni aliada con la clase política tradicional que, si bien pone los votos, también los condiciona y exige la hipoteca del poder que concede.
Necesitamos estar cada vez más, ¡Firmes por la Patria!