El balotaje, también conocido como segunda vuelta electoral, tiene su origen en la Francia del siglo XIX. El mecanismo se diseñó con el propósito de forzar a las organizaciones políticas a hacer alianzas y a disminuir el número de partidos. Se implementa en elecciones cuando ningún candidato alcanza una mayoría absoluta o un porcentaje mínimo requerido en la primera votación. Busca elegir gobiernos más legítimos y facilitar la gobernabilidad.
En su columna de esta semana en El Tiempo, Alfonso Gómez Méndez destaca la importancia de este mecanismo al que le otorga indudables ventajas: “Aunque se erige a partir de la Constitución del 91, irónicamente fue Misael Pastrana, elegido el controvertido 9 de abril de 1970, quien presentó el primer proyecto para establecerla. Óscar Alarcón en su columna de El Espectador recordó lo que hubiera ocurrido en el pasado reciente si hubiese existido la primera vuelta. El Liberalismo no hubiera perdido el poder en 1946, pues los votos de Gabriel Turbay y Gaitán superaban ampliamente los de Mariano Ospina Pérez”. Y tal vez, digo yo, nos hubiésemos salvado del asesinato del caudillo liberal y de la violencia partidista que ensangrentó al país durante tantos años.
Sin balotaje, Horacio Serpa y Óscar Iván Zuluaga, por ejemplo, para bien o para mal, habrían llegado a la Presidencia, pues ambos ganaron en las jornadas de primera vuelta. El Consejo Nacional Electoral declaró el jueves que el candidato de Defensores por la Patria y el del Pacto Histórico se medirán en las urnas este 21 de junio. La segunda vuelta se pone entonces oficialmente en marcha.
Este no es un episodio menor: el presidente Petro puso en duda los mecanismos electorales de conteo de votos y alcanzó a tachar el evento electoral de fraudulento e irregular. En esa conducta aventurada logró involucrar al candidato del Pacto Histórico quien, por cierto, reculó pronto.
A hoy no hay evidencia de fallas en el conteo y el escrutinio de los votos; el presidente está en mora de excusarse ante el país y la comunidad internacional. A los observadores internacionales debió parecerles por lo menos exótico que un jefe de Estado pusiera en duda los mecanismos que el mismo Estado ha establecido para asegurar la pulcritud del acto democrático de votar y ser elegido.
Este episodio copia, pero al revés, los sucesos casi caricaturescos, pero no por eso menos graves que protagonizaron en su momento Donald Trump y Jair Bolsonaro, quienes sin pruebas pretendieron desconocer los resultados electorales en los que salieron derrotados. Y eso que en ese momento Petro no tenía por qué saber que su candidato, Iván Cepeda, no iba a ganar como predecían todas las encuestas.
No es el único sapo que se ha tenido que tragar Gustavo Petro en estos últimos días. También el jueves amanecimos con la noticia de que la Constituyente (por ahora) no va más. Esa decisión la tomó el presidente en el entendido de que la propuesta estaba causando mucho ruido en los sectores de centro y centro izquierda que ahora necesitan acercar para poder ganar.
Esa circunstancia y el hecho de que Sergio Fajardo haya pedido públicamente, y en nombre de más de un millón de personas que votaron por él, retirar esa iniciativa, nos dice que sí es posible acercar posiciones en un escenario de segunda vuelta; ese es precisamente uno de los virtuosismos del balotaje.
No soy muy optimista en cuanto a que el desarrollo de esta jornada definitiva vaya a atemperar los ánimos; pero sí puede ocurrir que dos tendencias políticas con cierto sesgo autoritario e iliberal terminen cediendo a las voces sensatas de quienes pedimos menos irresponsabilidad verbal, más equilibrio conceptual y mayor respeto por las opiniones de los contradictores. Sería otra forma de valorar la instancia de segunda vuelta.
06 Jun, 2026
La importancia de la segunda vuelta
Sí es posible acercar posiciones en un escenario de segunda vuelta, ese es precisamente uno de los virtuosismos del balotaje.