Cumplir 82 años es un gran logro para una empresa de servicios públicos. Significa haber acompañado el crecimiento de una región, estar presente en el desarrollo de sus ciudades, en la actividad de sus empresas y en la vida cotidiana de miles de hogares. Durante más de ocho décadas, la energía que suministra la Central Hidroeléctrica de Caldas (Chec) ha sido parte fundamental del desarrollo de Caldas y Risaralda, pero hoy no está devolviendo proporcionalmente la riqueza que genera.
Una trayectoria tan larga también invita a pensar en el futuro. Más allá de su función empresarial, surge una pregunta: ¿cómo puede una compañía con raíces tan profundas en la región fortalecer aún más su aporte al desarrollo social y cultural de las comunidades que han hecho posible su crecimiento? Una respuesta posible para dar un nuevo paso en su relación con la región sería la creación de una fundación empresarial que permita canalizar, de manera organizada, programas sociales, culturales, educativos y ambientales en beneficio de los usuarios del territorio que atiende.
Hoy, las fundaciones empresariales se han consolidado como una herramienta eficaz y una inversión estratégica para fortalecer la relación entre las empresas y la sociedad. A través de ellas es posible impulsar iniciativas que van más allá de lo económico: educación en el uso eficiente de la energía, apoyo a comunidades vulnerables, formación de jóvenes y proyectos culturales y ambientales que contribuyen al desarrollo local y refuerzan la legitimidad institucional.
Su creación no debería verse únicamente como un gesto filantrópico. De hecho, Empresas Públicas de Medellín (EPM) creó en el año 2000 la Fundación EPM para canalizar su inversión social y cultural, con proyectos que hoy son referentes en el Valle de Aburrá. Ese ejemplo demuestra que una empresa de servicios públicos puede aportar al desarrollo de la sociedad más allá de su actividad económica. La experiencia internacional muestra que este camino es común en el sector energético. En España, por ejemplo, la Fundación Iberdrola y la Fundación Endesa desarrollan programas sociales y culturales en distintas regiones. Entre sus iniciativas se encuentran proyectos de recuperación y valorización del patrimonio histórico mediante la iluminación de catedrales, monumentos y centros históricos, contribuyendo a fortalecer el turismo cultural, mejorar el entorno urbano y conservar el patrimonio.
Una decisión similar podría tener un impacto significativo en nuestra región. Una fundación creada y financiada por la Chec podría impulsar, entre otros proyectos, la iluminación arquitectónica de templos y edificios patrimoniales en municipios de Caldas y de Risaralda. Espacios emblemáticos como la Catedral Basílica Metropolitana de Manizales, las iglesias de Salamina o Marsella, o los centros históricos de Riosucio y Aguadas podrían convertirse en símbolos visibles de ese compromiso.
Después de más de 80 años, Chec no solo representa infraestructura eléctrica, sino una relación profunda con la región. Crear una fundación sería una forma concreta de proyectar ese legado y devolver parte de lo que este territorio le ha dado. Más aún cuando la mayor parte de sus utilidades se transfiere a Medellín y solo una fracción permanece donde se genera la riqueza. Si Caldas y Risaralda han sostenido su crecimiento, es justo que ese crecimiento se traduzca en desarrollo para sus comunidades. Porque, al final, la verdadera sostenibilidad de una empresa no se mide solo en indicadores financieros, sino en la capacidad de transformar positivamente el territorio que le da origen.