En Manizales nos gusta decir que vivimos bien. Se percibe al abrir el grifo y recibir agua potable, al caminar por calles donde el civismo aún responde con un "buenos días", y al habitar una urbe donde la movilidad todavía no nos ha arrebatado la vida cotidiana. Hay una sensación de que la ciudad funciona, y es cierto; Manizales es, probablemente, una de las poblaciones donde mejor se vive en Colombia. Sin embargo, algo no está funcionando si estamos formando hijos para que se marchen. Somos un excelente lugar para crecer, pero un espacio limitado para realizarse.
Operamos como una especie de guardería de alta calidad, educamos bien, pero, al no ser suficientemente competitivos, exportamos talento. Si no se corrige este rumbo, el destino será el envejecimiento demográfico y el estancamiento.
¿Vivimos realmente bien o nos hemos habituado a compararnos con promedios bajos? Las estadísticas dicen mucho, pero su sentido depende del punto de referencia. El mundo desarrollado comprendió que el progreso no es solo comodidad, sino capacidad de generar valor, innovar y conectar con los grandes mercados. Un joven manizaleño no compite solo con uno de Pereira: se mide con jóvenes de Estonia o Japón, y en ese escenario llevamos las de perder. El bilingüismo sigue siendo una barrera silenciosa. Sin idioma no hay acceso, sin acceso no hay oportunidades, y sin oportunidades el conocimiento se va.
En lo económico, Caldas -con Manizales como su principal centro urbano- aporta poco a las exportaciones nacionales. Una verdadera ciudad universitaria no es la que acumula estudiantes, sino la que convierte el saber en innovación, patentes y riqueza tangible, construyendo además las industrias capaces de absorber ese talento. Para lograrlo, el sector privado debe ver a Manizales como un destino atractivo para invertir y desarrollar nuevas actividades productivas -con énfasis en servicios empresariales, software-, respaldado por líderes públicos con visión de largo plazo y ciudadanos que entiendan que el desarrollo se forja con educación, habilidades digitales y disciplina productiva. El reto es superar la base empresarial tradicional y convertir la ciudad en un territorio con más empleo, mejor remunerado y más productivo, capaz de aproximarse a estándares internacionales.
Lograrlo, sin embargo, exige un cambio profundo de mentalidad. No se llega a niveles de la OCDE con una cultura ciudadana frágil ni con gobernantes que privilegian obras vistosas sobre la creación de condiciones que generen confianza para atraer inversión privada. Se requiere estabilidad jurídica, reducción de cargas regulatorias y trámites burocráticos. El desarrollo no se decreta, se construye con una visión que trascienda los ciclos políticos de cuatro años. No basta con vivir tranquilos, hay que elevar la productividad, generar mayor valor agregado y, con ello, aumentar la riqueza.
Hoy, además, la conectividad abre una oportunidad sin precedentes. Las nuevas autopistas hacia los puertos del Atlántico, el Tren del Café y el Aeropuerto del Café pueden romper el aislamiento que nos ha limitado y conectar a Manizales con el país y el mundo. La infraestructura no solo moviliza personas y acorta distancias, también habilita flujos de conocimiento, inversión y prosperidad.
Manizales tiene una decisión pendiente, y no es solo de sus gobernantes ni de sus empresarios, es de cada ciudadano. Podemos seguir viviendo bien, comparándonos hacia abajo y exportando a nuestros mejores jóvenes, o podemos exigirnos más. ¿Cuántas generaciones más necesitamos para atrevernos a dar ese salto?