Caminar por Manizales suele ser un ejercicio de orgullo geográfico. Sin embargo, hay una ciudad que no vemos, una que se entierra diariamente en el relleno sanitario La Esmeralda. Allí, lo que llamamos despectivamente “basura” es en realidad un inventario de oportunidades perdidas. El dato es frío y preocupante. A pesar de los esfuerzos, en el 2024 el aprovechamiento de residuos en la ciudad apenas alcanzó el 6,8% según cifras de Emas by Veolia. Aunque es una cifra histórica comparada con el bajísimo 0,6% del 2016, sigue siendo un síntoma de un sistema que todavía no entiende que el relleno sanitario tiene un tiempo de vida.
Emas ha sido insistente. Al relleno de La Esmeralda le quedan, en el mejor de los escenarios, 20 años de vida. Si no cambiamos la forma en que consumimos y disponemos, estamos literalmente enterrando el futuro de la sostenibilidad urbana.
El llamado a la cultura ciudadana se ha establecido en separar desde la fuente y reconocer la labor del recuperador de oficio, pero es insuficiente. Podemos ser los ciudadanos más aplicados del mundo separando el cartón y el vidrio, pero si al final de la cadena no hay un tejido empresarial capaz de absorber, transformar y devolver esos materiales al ciclo productivo, el esfuerzo ciudadano termina estrellándose contra un muro de incapacidad técnica.
La crisis de los residuos no es solo un problema de civismo, es también una falla de mercado. Hoy, gran cantidad de material que podría ser materia prima para nuevos procesos llega al relleno simplemente porque no tenemos suficientes empresas dedicadas al aprovechamiento. La recolección y la logística son solo la mitad de la ecuación. La otra mitad es la creación de una capacidad instalada de transformación que convierta a Manizales no solo en una ciudad limpia, sino en un nodo de economía circular.
Existen luces en el camino. Casos como el de Granzaplast en Cartagena, que transforma residuos plásticos en nuevas soluciones industriales. Empresas latinoamericanas como Xinca en Argentina, que fabrica calzado a partir de neumáticos y textiles descartados, demuestran que el residuo es un negocio viable y necesario. También en México, plantas industriales han logrado que gran parte de sus residuos no lleguen al relleno sanitario mediante la simbiosis industrial.
Necesitamos que Manizales sea un territorio fértil para el emprendimiento verde. Que un empresario local encuentre más rentable transformar el plástico en vez de enviarlo a morir a La Esmeralda. Esto requiere incentivos, simplificación de trámites para plantas de transformación y una verdadera voluntad de integrar a los recicladores en una cadena de valor industrial, no solo logística. La cultura ciudadana nos dará el material y el tejido empresarial nos dará una gran solución, con sentido económico y ecológico real.
Sin esa capacidad instalada, el reciclaje en Manizales seguirá siendo un acto de fe individual y no un motor de desarrollo colectivo. Si no logramos que el aprovechamiento sea un negocio viable y escalable seguiremos viendo cómo el reloj de arena de nuestro relleno sanitario se agota, enterrando toda oportunidad de economía circular que tanto hemos promocionado en los discursos.