Hay una pregunta que parece simple, pero que rara vez nos hacemos con suficiente calma. ¿Lo que hago es bueno o es malo? No en abstracto ni en grandes discursos, sino en los actos pequeños, cotidianos, casi automáticos. Por ejemplo, moverse en carro o en moto. ¿Es bueno o es malo usar el vehículo para ir a la tienda de la esquina?

Existe un examen de tres preguntas que ayuda a pensar mejor estas decisiones.

La primera pregunta sería, ¿qué pasaría si todos hicieran lo mismo que yo?

Imaginemos que todos decidimos movernos siempre en carro. Cada uno estaría cómodo, en un buen asiento, con su música y su espacio. Pero el resultado colectivo sería otro. El tráfico sería algo imposible, el aire irrespirable y tiempos de desplazamiento interminables. La comodidad individual terminaría convirtiéndose en un problema común gigante.

La segunda pregunta incomoda aún más. ¿Qué pasaría si me lo hicieran a mí? O, dicho de otra forma, ¿estoy atrapado en el tráfico o soy parte del tráfico?

Muchas veces deseamos que los demás usen menos el carro, que se muevan en bus, caminando o en bicicleta para que el tráfico sea más ligero. Pero cuando llega el momento de decidir, preferimos no ser “los otros”.

Y la tercera y última pregunta. ¿Qué pasaría si todos me estuvieran viendo? ¿Usaría el carro para recorrer unos pocos metros si supiera que alguien observa mi decisión?

La mirada pública, real o imaginada, suele revelar aquello que preferimos no cuestionar.

Estas preguntas no son nuevas. Tiempo atrás el filósofo Immanuel Kant propuso que la moralidad de una acción no depende de sus consecuencias inmediatas, sino de si el principio que la guía podría convertirse en una ley universal. Su imperativo categórico nos invita, justamente, a preguntarnos qué pasaría si todos actuaran como nosotros.

Llevado al contexto urbano, el planteamiento es revelador. La forma en que nos movemos por la ciudad no es solo una decisión de comodidad, sino una elección ética con efectos colectivos. Cuando el bienestar individual se sostiene sobre un costo común (más contaminación, menos espacio público, más tiempo perdido), vale la pena detenerse a pensar.

En Manizales, una ciudad de distancias cortas y pendientes largas, con aproximadamente 550 vehículos por cada 1.000 personas y tan solo un 14% de su población que principalmente se desplaza a pie (https://n9.cl/vnk409), estas preguntas son especialmente pertinentes.

Aquí, donde los trancones se sienten rápido y el aire limpio aún es un valor que se puede cuidar, cada decisión de movilidad cuenta. No se trata de satanizar el automóvil, sino de evitar que sea siempre la respuesta automática.

Moverse en carro no es, en sí mismo, ni bueno ni malo. Lo importante es aprender a mirar cada acto con ojos críticos y entender que las ciudades no se transforman solo con grandes obras, sino con hábitos cotidianos que se vuelven cultura.

Porque el pensamiento condiciona la acción, la acción forma hábitos y los hábitos terminan marcando el destino, en este caso, el destino de Manizales.