Hace unos días, durante un seminario de ecosistemas de emprendimiento en República Dominicana, tuve una de esas conversaciones que te persiguen de vuelta a casa.
Me reuní con Félix Almonte Inoa, subdirector de la Dirección General de Jubilaciones y Pensiones. Seis años en el cargo que, según me contó, le cambiaron la perspectiva de vida, lo llevaron a hacer un posgrado en el tema y a pensar en su propio emprendimiento. Alguien que claramente no solo administra pensiones: las vive.
En medio de la charla, me regaló un término. No habló de "tercera edad" ni de "adulto mayor". Habló de persona envejeciente. Fui a buscarlo. La OMS lo define así: una persona envejeciente es aquella que atraviesa la etapa de la vejez experimentando el envejecimiento como un proceso biológico, psicológico y social continuo de adaptación a lo largo del tiempo. No es una foto fija. No es un momento estático. Es una etapa viva, en constante movimiento, tan dinámica como cualquier otra.
Solo esa palabra ya me hizo repensar el lenguaje con el que construimos -o destruimos- la narrativa del envejecimiento. Y aun así, lo que más me detuvo vino después.
Cuando le comenté que todo lo que hacemos hoy se lo agradecerá nuestro yo del futuro, Félix me respondió con una imagen que no he podido borrar de mi mente: imagina que vas por un camino y encuentras dos sillas. En una está tu yo del futuro, esa persona envejeciente que sale a tu encuentro. En la otra estás tú, llegando a esa etapa. Se sientan frente a frente. Y la persona mayor te pregunta: ¿Qué me traes? ¿Qué me heredas? Me quedé en silencio.
Siempre pensamos la herencia hacia afuera: el patrimonio que dejamos a otros, el legado que construimos para los que vienen. Pero Félix me puso frente a una pregunta radicalmente distinta: ¿qué me heredo a mí mismo con lo que construí en mi primera mitad de vida?
Y remató: si en tu mochila llevas piedras en el camino, eso es lo que vas a entregar. Con piedras puedes construir cosas, sí, pero también puedes llegar cargando un peso que no te sirve para nada. Salud, paz, conocimiento, independencia, vínculos, propósito... o la ausencia de ellos. Todo eso viaja en tu mochila. Todo eso te lo heredas.
Qué diferente sería nuestra estrategia de vida si, en lugar de vivir atrapados en el presente, viviéramos también con esa persona envejeciente sentada frente a nosotros, esperando lo que le vamos a traer.
La pregunta con la que llegué era cómo quiero envejecer. La que Félix me instaló es otra: ¿qué estoy metiendo en mi mochila hoy?
¡A heredarte bien, que tu yo del futuro ya te está esperando!